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Anda Libre en el Surco. Obras gana­doras del Premio Lagar 2009. Por Sergio Rodríguez Saavedra

Calza Gabriela. Camina Chile, “anda libre en el surco” el lenguaje que a través de los gana­dores del Premio Lagar 2009 en sus géne­ros de poesía y ensayo, concurso organizado por la Sociedad de Crea­ciones y Acciones Literarias (SALC), viene a sostener que toda semilla dará fruto en la medida que la tierra del hombre y la humedad de la palabra se hagan patrimonio tangible de la historia contemporánea.

            Quizás exista un determinismo geográfico que ancla de una manera sostenida en el tiempo estas acciones por sobre la razón y la ciencia, un étnhos que prevalece sobre el logos, cuyas leyes vienen a sintetizarse en un par de poemas que estremecen el corazón. Un país destinado por genera­ción espontánea a ser cuna de escritores que nos representan por medio del verso en la religión, la historia, la filosofía y por qué no decirlo la política, sin abandonar, por cierto, el idioma propio de toda emoción.

Con el párrafo ante­rior adelanto entonces algo de las opiniones que daré sobre los gana­dores, sin embargo, no puedo –ni se debe– abandonar tan pronto un concepto ya esbozado: patrimonio. Las más de trecientas páginas que componen el corpus de este libro no albergan sola­mente un gesto de admira­ción por el arte de la poesía, tampoco es única­mente otra señal de respeto a la gran mujer del sol elquino, es destino y sucesión, es un documento que liga el pasado de una Premio Nobel con el presente de la literatura chilena, un documento feroz del sentido artístico que tiene la escritura bicentenaria, un folio que debe abrirse en hospitales y cementerios, en playas y valles, en municipios y terminales de buses, en audiencias y bares, en soledad y fiesta, en ceniza y barro, porque aquí se contiene lo que por años trata­mos de perfilar en grandes y volumino­sos trata­dos: nuestra propia identidad. Algo de esto nos dicen los comenta­rios de Jaime Quezada y Elvira Hernández, quienes actua­ron de jueces en ambas categorías como presidentes del jurado y ahora son parte de la elección que se ofrece al valle de la nación como una aceituna envuelta en síla­bas.

Comento entonces lo que principal­mente se debe comentar: su contenido. Dividido en dos secciones: una de poesía y otra de ensayo, precedidos por una presenta­ción de Arturo Volantines, lo primero que advertirán será la calidad de las obras gana­doras, nadie se hiera, sin duda merecen estar en esta publica­ción, y de seguro, en muchas otras más. Lo último que quedará en su sabor será la trama, como a pesar de diferencias aparentes existe un diálogo que urde y bosqueja el placer de la lectura y el ejercicio del pensamiento.

Los poetas: Leonardo San­hueza, Rolando Martínez, Óscar Burgos (quien publica como Óscar Petrel), Camila Mardones, Cristian Geisse, Jofre Rueca (seudónimo de José Pablo Jofré), Aldo González, David Inostroza, Federico Aguirre, Guillermo Díaz y Alicia Tapia tienen en común un dominio de las diver­sas técni­cas poéti­cas, cuya intertextualidad las hacen complejas en su trama. Así, un crítico podría hablar­nos desde la postcolonialidad a partir del habla y su lugar en constante raspaje tomando como ejemplo la toponimia usada, o psico­lógico a partir de la densidad de sus hablantes en el entrelíneas del discurso donde coexisten otros en alternancia. ¿Estructuralista o postestructuralista? ¿Lingüístico o socio­lógico? De verdad las buenas obras se miden precisa­mente por la variedad de opciones, por la sorpresa que gene­ran en lector con cada nuevo encuentro, la alternancia del sujeto, y este libro‐premio‐antología ofrece esa alternativa. Pienso nueva­mente en Mistral, veo como ella aspira el aire que viene por el río, pero hay un momento en que Gabriela abre los ojos. Eso es precisa­mente, son textos bien escritos, pero que nos deja­rán con los ojos abiertos.

Nombro sólo por pre­eminencia a los tres prime­ros luga­res: Colonos de Leonardo San­hueza, Chicha Mundial de Rolando Martínez, y El Misterioso Caso Don Chico Mallilla de Óscar Petrel, y por extensión del comenta­rio a todos los demás. Existe en ellos una voca­ción de situar el poema, aquellos espacios –puntua­ción que parece venir de esa “poesía de viaje” del gran Enrique Lihn– están a disposición de las líneas direccionales en casi todos los casos, desde Victoria y Ercilla por el sur hasta la Tercera región del país por el norte, pasando por O’Higgins, Santiago o Huasco, se enuncian explícita­mente en estos trabajos, indicando aún entre la crisis, que ese fue el momento y aquel el lugar. Me recuerdan esos hermo­sos versos de José Emilio Pacheco: “No amo mi patria. / Su fulgor abstracto / es inasible. / Pero (aunque suene mal) / daría la vida / por diez luga­res suyos”.  Yo creo a estos poetas capaces de dar más. Puedo leerlo en las historias que nos relatan, hechas con el fragmento más íntimo del ser humano, historias que acorralan nuestra esencia en un gesto menor, casi minimalista, pero final­mente viene a justificar el movimiento del mundo. Así un reloj suizo puesto discreta­mente en un bolsillo viene a sintetizar toda la fuerza de una mujer que se descubre su erotismo en un texto de San­hueza, texto maravilloso que recupera aquel periodo apenas contado de la coloniza­ción del sur de Chile, que ahora pode­mos sentir en voz coral con los personajes que conforman este especie de mundo primigenio. Los letre­ros a la entrada de Santiago, explican al viajero de la poética de Martínez la sociedad misma, y bastará con una ano­ta­ción en la asignatura de química para explicar­nos a ese sujeto apodado Malilla que presenta Petrel. Eso es todo en esta parte, no quiero entregar­les más datos. Les aseguro que soy mezquino. En cambio estos autores hacen consigna de que conociendo al otro se conoce­rán ellos mismos. Es una buena oportunidad.

Se agradece en ensayo que los manidos elementos biográfi­cos se expresen al servicio del diálogo y no de la razón. Se agradece al profesor Iván Carrasco haber sido el gana­dor con una propuesta revisionista del concepto de “identidad”. Poner al servicio de la pluriculturalidad los discursos mistralianos, entregar­los al cosmopolitismo y volverlos al lar. Ida y regreso para una lectura del concepto . Así mismo Cristián Geisse (ano­tarlo nueva­mente, segundo lugar), parte de la simple pronuncia­ción de una palabra, para hacer una ácida critica al acomodamiento que se hace de nuestras grandes voces en la sociedad presente. Cecilia Pérez, Fabián Figueroa, Héctor Véliz, Rodrigo Silva, Fernando Miranda y Ehurodice Rivera, completan el ejercicio de pensar­nos a través de la escritura.

El trabajo arduo –llega­ron más de 600 trabajos– del jurado Daniel Rojas Pacha, Juan García Ro, Elvira Hernández, Jaime Quezada, José Casas y Fernando Moraga, utilizó simple­mente un criterio de excelencia, y por otro lado un perfil que respeta la diversidad de nuestra amplia geografía, y nuestra aún más compleja poesía chilena. A mi modo de ver las cosas y sus cau­sas, debiesen dejar como motivo para otros concursos estás líneas directrices, ya que como efecto, se ha logrado un conjunto de obras de buena factura, y que además dialogan entre sí. Parodiando el título, un surco libre. Vamos por él.

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