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“Colonos” de Leonardo San­hueza.

El Premio Lagar 2009, convocó a más de seiscientos participantes de diver­sas partes de Chile y el mundo. A modo de primicia, y mientras se distribuye la obra donde se edita­ron a todos los premia­dos, presenta­mos a ustedes el texto gana­dor del género poesía: Colonos de Leonardo San­hueza.

 

 

 

Personas ancianas, pobres flojas y poco prácti­cas
no debe­rían emigrar, porque les espera un triste destino.
(Johan Zürcher, cónsul de Suiza, 1884)

 

 

 

TRANSEÚNTES, 1889

La plaza de Victoria es inmensa, Gustave: se habla
español, francés, alemán, inglés, italiano, irlandés y ruso,
pero hace ocho años esto era una selva de lengua única
y caía sobre la vida social una luz cortada en rejilla,
propia de fantasmas, con el apacible caos de las cosas
que están a punto de estallar, como los músi­cos
en el comienzo de la novena sinfonía de Beet­hoven,
pero con un presentimiento que saltaba en el follaje,
de rama en rama, hacia la madriguera del roedor.
Quedan aún algunos vestigios, esos grandes troncos
tala­dos, donde puedes jugar ajedrez o escribir
con un clavo los nombres que odias o amas,
aunque también puedes decir: la plaza, un claro
crecido en espiral, y la multitud atrapada en gotas
de resina, en el ojo de pez por donde miran las arterias
cauteriza­das por el sol, que es un fotógrafo.

JOSÉ SANTOS SEPÚLVEDA

Enyugo los bueyes, cargo la imprenta, cruzo quebra­das
sin caminos. Entro a un pueblo (llamémoslo así) y busco
una casa o taller. Seco el papel, preparo tintas, reparo
los tipos, engraso la prensa, limpio los vidrios,
clavo la silla, lustro la mesa, me pongo a escribir.
Compongo unas líneas, columnas, filetes, viñetas.
Alzo tabloi­des, los pliso, los cuelgo de un cordel.
Escribo. Describo las muertes de la Vega Larga. Indago
negocios de oscuro papel. Duermo, despierto, duermo
y escucho una quebrazón. Veo una luz, salgo, disparo.
Recojo a los niños, las llamas nunca dejan de bailar
entre resmas recién guillotina­das. Muere El Cautín.
Nace La Conquista. Escribo, describo otra vez
la muerte, la calumnia, la ponzoña. Llega una carta.
Canta un queltehue. Tranco puertas, ventanas, pos­ti­gos.
Los niños preguntan qué pasa. Será el viento, les digo,
el aire que entra helado y pestilente: sólo eso.

LUIS SCHMIDT

Es admirable la fuerza moral del señor Sepúlveda,
pero ni siquiera un dios de mil brazos y mil ojos
podría ocuparse al mismo tiempo de un periódico,
una imprenta, una familia, un enemigo y, encima,
un liceo que nunca nadie le ha pedido erigir
porque era evidente que sería un fracaso
intentar reformar una tropa de zánganos
mientras el ocupado maestro‐director‐clavijero
termina de corregir una tira de pruebas
o persigue la noticia en un pueblo sin ley.
Nos les basta hacer barrica­das con los pupitres,
no les basta entrar a saco donde el buen Calazans,
no les basta dinamitar las orillas del estero:
además salen a cazar cualquier cosa que se mueva
arma­dos con escopetas de inagotable munición
que a falta de perdigones cargan con tipos de imprenta
para detonar abeceda­rios completos en la nada
y echarse a correr como enmascara­dos en carnaval.
Un día mata­rán a alguien con sus ráfagas de letras
y el señor Sepúlveda saldrá a reportear los hechos
para que el pueblo se informe y juzgue por sí mismo
las cau­sas que des­encadena­ron tal grado de indisciplina
y tal grado de inmadurez en la juventud de hoy.

CELESTINO PÉREZ

A mis tres pensionistas, se agregaba a veces
el andaluz don Vicente Jiménez, así que las noches
se nos iban de la jota a la seguidilla y de la aragonesa
al cante de un mero desgarrón. Pero los debates
solían ser encendidos, más cuando Jiménez
no soportaba que lo contradije­ran en sus peroratas
sobre política o religión. Y un día Jiménez
no podía convencer a Manuel Vieytes, el gallego,
del peligro antibalmacedista, y de un solo golpe de pipa
astilló la mesa para decir: “Hombre, si no te callas
te haré de un puntapié volar tan alto, tan alto,
que sufrirás más el hambre que la caída”.
Un encanto ese Jiménez. Pero con todo su encanto
ahora yace desnudo, en el fondo de una acequia.

GUSTAVE VERNIORY

Ano­che desperté con los perros de Celestino Pérez
y le disparé a un ser humano por primera vez en mi vida.
Salí al patio, el ruido venía de las caballerizas,
y aunque sólo vi unas siluetas apaga­das en la oscuridad
al parecer inauguré con perfección mi punte­ría
porque la sangre salpicó la empalizada y la maleza.
Un poco de insomnio, una cos­ti­lla incómoda en el colchón,
una gota de sudor que sequé rápida­mente: más allá de eso
la noche transcurrió en su Loncura, y los perros calla­ron.
Pero don Celestino me dice que los ladrones de caballos
no son sino agentes de la policía, y ahora yo miro los perros
y los perros me miran, moviendo la cola.

BABETTE WÄRHLI

Simple­mente mi padre hizo lo que tenía que hacer:
mal­decirme. Me duele haberlo herido, tal vez
debí tomarme con distancia la emotiva Navidad
de los Martínez, pero la verdad fue difícil contenerse
cuando todos se persigna­ron al bendecir la cena
y ahora, bueno, ahora soy “una perra papista”.
Pero no es eso lo que me punza el corazón:
es el rostro de mi padre que se aleja de mi vida
y que al hacerlo se lleva para siempre
el de su amigo Gustave, el ingeniero
de voz Sueve que me decía: “Bella Babette,
bella Gretchen de largas y hermo­sas trenzas rubias”.

RUDOLPH PHILIPPI

Ciento cinco polipétalas, noventaiséis
monopétalas, doce apétalas, sesenta
monocotiledóneas y tres pteridófitas:
en la penúltima página de mi herba­rio,
justo antes de la hedyotis, la dioscorea y el senecio,
Rosita Benner abre de pronto sus brazos en umbela
y me mira: ¿Qué lees, viejo loco: las nervaduras
de tu cuerpo octogena­rio? Su padre era un amabla judío
desterrado del Kiev por el gobierno zarista
y su negocio fue la única luz que brillaba en la noche
bajo la lluvia de Quillem. No tengo más que un cuartito,
me dijo, y allí duermo con mi hija, tanto lo siento,
pero le puedo preparar una cama sobre el mostra­dor,
con unos cómodos rollos de tela, ya verá usted,
para no dormir no hace falta más que un poco de sueño
y usted luce franca­mente fatal, como un sauce,
porque los sauces no lloran de pena, sino de sueño,
y el estero no los deja dormir, y por eso lloran.
Esa noche soñé con la ourisia coccinea, la misma
que me había arrebatado el torrente del Traiguén,
y en mi sueño esa hermosa escrofulariácea escarlata
caía exhausta del aire al herba­rio, sobre la tinta
ya borrosa de su nombre verde. El sol entre los pos­ti­gos
me ayudó a devolver los rollos a su orden piramidal,
y cuando fui a agradecer la calidez del señor Brenner
sólo encontré a sus hija, sentada en una silla de paja,
sus ojos de petróleo tornasol, sus pecas de liliácea:
Je m’apele Rosita, et vous? La mañana bostezó
en su camino interminable, al ras del senecio,
la última especie que encontré para la ciencia
prope Quillem in Araucania locis hyeme inundatis,
antes de terminar mi expedición y salir de la tierra
hacia un nuevo sueño donde el otoño cubre de escarcha
las violetas y las pecas de Rosita Brenner,
que hoy se muere de cólera, con un libro en la mano.

ELISE BERGER

No bien llega­mos a Chile cuando quedé huérfana
y me convirtieron en la hija prestada de los Blazer.
Crecí entre ellos, jugué con sus niños y recibí
el amable calor de su chimenea, pero muy pronto
mis bracitos apalea­ron la ropa en el río, y así aprendí
qué significaba ser la hija prestada de los Blazer.
Pero Cindirella encadenada nunca vio lo que yo: una hoja
que giraba, firme en un hilo de araña, como un pitbull
aferrado a la cuerda de su condición idiota y mortal,
o mejor: una rusa de malla blanca y moño de hierro,
bañada en su torbellino por la luz de la poursuite,
mientras la música tintineaba desde la esta­ción
su tictic y su tictac, el dedo índice en lugar de la flecha,
el parpadea en clave Morse junto a la hoja
que giraba, firme en un hilo de araña, frente al pecho
crecido y sudoroso de Cindirella, a escondidas
de la madrastra. Y cuando me lleva­ron al juez
yo dije: ¿cuánto valen las veinte hectáreas
que gana­ron los Blazer al ano­tarme suya ante la ley?
Y: ¿cuánto valen veinte años de siembra y de cosecha?
Y: ¿cuánto, señor juez, vale el traje dominguero
que le compré a mi telegrafista con el dinero de los Blazer?
Así que me largué de ese fregadero a la ciudad,
y ahora sonrío mientras oigo un traqueteo de telegramas,
y su mano tiembla en la mía, junto al bello reloj suizo
que puse en su bolsillo, y la cadena que brilla.

LOUISE FOLLIN

Yo también fui hija prestada y tuve trenzas
de oro que brilla­ron en toda la Selva Oscura
cuando un joven de apellido Moreno, no recuerdo
su nombre, no por nada han pasado siete años,
me atrapó del talle y al galope me llevó
hasta un refugio que él tenía en el bosque.
Fue muy amable y cariñoso, pero yo tenía miedo
y entendía bien poco sus palabras chilenas,
y por eso fue un alivio cuando los trizanos
llega­ron a mi rescate. “Te quiero”, me dijo,
“te quiero, bella Louise”, mientras lo arroja­ban
al anca del caballo, amarrado de pies y brazos,
como un cordero. Cuando volvimos a Victoria,
me envia­ron a la casa de Jacob Müller,
que había pagado quinientos pesos por mí
a Joseph Char­les: si es por barrer, me dije,
todos los pisos son iguales, pero el juez Riffo
armó la grande y habló de trata de menores
y los colonos dijeron xenofobia y el escándalo
no tardó en llegar a los oídos de las autoridades
y para taparlo todo me repatria­ron a Friburgo.
¿Cómo se llamaba? ¿Álvaro? Álvaro se llamaba,
Álvaro Moreno, y tenía los ojos verdes como la noche.

EL TELEGRAFISTA DE ELISE BERGER

¿Así que ahora Joseph Enmenegger es políglota?
No me vengan con bromas: una vez me preguntó
por qué este pueblo se llamaba Ercilla.
Roma se llama Roma, le dije,
y Ercilla se llama Ercilla: más claro echarle agua.
Pero lo que ese pazguato que­ría saber
era quién había sido ese tal Ercilla,
si su origen era franco suizo o suizoalemán,
para ver la posibilidad de hacerle un monumento.
¿Y por ese políglota me has dejado, bella Elise?

PEDRO SALABERRY

Yo que­ría irme al dormitorio a matar una jaqueca
pero mis amigos comenza­ron la cantinela de los brindis
y me dejé seducir, como Cenicienta que rompe el pacto,
porque odio el desaire pero también porque sentí
que era absurdo buscar un remedio en mi cama
cuando el mejor remedio se dora entre los hielos
y los amigos que sin quererlo te salvan la vida.
Y entonces, mientras comía­mos el postre, el escosés
nos explicó el mecanismo de su nueva carabina,
una Colt que hace rato mirá­ba­mos con curiosidad,
y nos enseñó el depósito para catorce tiros, su magnífico
sistema de repetición, que permite disparar y disparar
sin despegarse del hombro la culata, a diferencia
de nuestras Winchester que deben amartillarse
después de cada tiro, pero entonces la Colt
se resbaló entre los dedos del escosés
y una bala zumbó en la oreja de Bautista Tihista
y atravesó el tabique y se fue a dormir a mi habita­ción,
como un dedo de fuego en mi almohada blanca.

JUAN DE DIOS LUNA

Hace unas noches Maximiano García, el matarife,
venía por la misma vereda que yo, pero en sentido contra­rio,
y por eso fue normal que nos juntá­ra­mos en el punto medio,
donde queda­mos frente a frente, cara a cara, situa­ción ideal
para darle un buen empellón, a ver que me decía.
Me miró con unos ojos de sapo y me preguntó
que motivos tenía yo para agredirlo.
Qué motivos ni qué maricona­das, le dije,
y le pregunté si se hallaba capaz de ponerse conmigo.
Natural­mente el borrego no dijo ni que sí ni que no,
así que lo dejé pasar como una dama
y por detrás le abrí un bonito ojal con mi cuchilla
para abotonarle el alma a Maximiano garcía, el matarife,
a través de la manta, la camisa y el pulmón.

EN VICTORIA, 1895

Han pasado seis años de filo fugaz,
la candidez de la hoja, la sangre en el dedo,
y aquel tiempo era un barro paleado en la acequia,
con sus líneas de flujo marca­das, no para contarlo
sino para ver su trayectoria, y seguirla
al ritmo de la tonada. En el tedio había más tedio
pero todo junto era una explosión,
un relámpago que sale del frío y vuelve al frío,
inexplicable como el juego de las manos calientes,
y era hermoso entrar, sola­mente ocupar, y quizás
escuchar la sierra corvina en su ronquido de aserrín.
¿Pero valía la pena caer por la cascada del fonógrafo
con perfume pero sin fuerzas para remontar la corriente?
¿Y dónde están Manuel Vieytes y Celestino Pérez?
¿Tan pronto se han dormido en la colina
o están en sus casas, mecidos por el péndulo?
¿Acaso en la plaza ya no hay cuentas que ajustar?
¿Y dónde se han metido los pacos andrajo­sos, la ley
del ojo seco, la amistad de mil barcos guarecidos?
Y esos cinco hoteles con lámpa­ras y piso
¿quién los construyó en las calles vacías?
¿Y qué fue de los ponchos y las botas, y cómo
los cambia­ron por levitas y zapatos de charol?
Y esos guantes, ¿sirven para empuñar un revolver?
¿Esto es la Frontera? ¿Esto es la ley?
¿Y entonces quién es esa señora de cris­tal
y qué espera bajo la lluvia implacable?

CHARLES GIRARDET

¿Quién me obligó a probar la suerte de los colonos,
ya viejo y enfermo, sin saber siquiera lo que es un arado,
y encima con una esposa ya tarada y lamentable?
Mil veces pedí la repatria­ción y mil veces me la nega­ron,
y la única ganancia de estos quince años de aventuras
es un divertido relato acerca de mi familia.
Comence­mos por la vieja: apenas llega­mos
le dio parálisis y se convirtió en una planta que babea.
Después tene­mos a mi hijo Jules, que ve monitos de colores
arriba de los árboles, y que babea tanto como su madre.
Enseguida está mi hija Elise, casada con Char­les Béroud,
un tarambana que además de golpearla y emborracharse
se encama con meretrices delante de ella y de mis nietos.
Aquí llega­mos a mi hija Marie, que igualó en la joda
a su hermano Jules: a los dos los encerré en la Casa de Orates.
Y acabe­mos el relato con mi nieto Dulmo Girarder, bautizado
así por el pas­tor Grin, porque según él la colonia de Dulmo
era próspera y bella, pero Dios no entendió su francés
y el pobre Dulmo también terminó loco, perdido
quién sabe dónde, en la miseria absoluta. ¿Les gustó?
Esa ha sido mi familia, pero si fuera poca la diversión
mírenme a mí: con ochenta y cinco años a cuestas
llegaré a ver el nuevo siglo sin nadie a quien decir:
Oh, tantos años, y cómo, y cuándo, y para qué.

*Primer Lugar, Premio Lagar 2009

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