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Cuento negro y policíaco en Chile: ¡Presente![1]. Mauro Yberra*

Cuando uno se enfrenta a una anto­logía o compila­ción de textos, siempre hay espacio para la sospecha. Si se trata de cuentos policíacos, peor aún, como es obvio. En las anto­logías no suelen estar los mejores ni los que deben estar. No es raro que se dé preferencia a los amigos, los correligiona­rios, los que comparten opciones sexuales o creencias religio­sas, los compadres paletea­dos, los socios o los cófrades en el bar. No es raro tampoco que se mezclen autores antiguos con nuevos, conocidos con desconocidos, aguerridos con novatos. En Chile, donde hay hambres atrasa­das, no es raro tampoco que se hagan anto­logías para puro ganar plata. Además, como los odios suelen ser paridos, los enemigos del antologista (vuelto poderoso) quedan fuera. El lector corriente se siente a menudo decepcionado con la promesa que tal hace o cual anto­logía o compila­ción, de reunir lo que vale la pena leer, lo que cuenta como literatura, lo que tiene significa­ción en tanto obra. Pero cuando una selección está bien hecha, no abusa de las exclusiones, marca un momento y se hace hito, crea un referente insoslayable.

 

Esta compila­ción, titulada con agudeza Letras rojas, es de la mejores, de las destina­das a perdurar, de las que se agradecen. ¿Por qué, Usía? En primer lugar, por el compila­dor, Ramón Díaz Eterovic, sin duda el mejor autor del género negro o policíaco que tene­mos y un conocedor de su práctica en América Latina y el mundo. En segundo lugar por el criterio: elección de autores vigentes, que están produciendo y que vale la pena seguir (no es una anto­logía histórica). En tercer lugar, porque los autores expresan lo que el género mejor hace: explorar el lado oscuro de la sociedad chilena ahora, des­enterrar las mugres que esconden las sonri­sas de la publicidad y mostrar los dientes pela­dos de la locura, la corrupción, la crueldad y la hipocresía nacionales. En cuarto lugar, porque aquí hay intención de calidad literaria, no esta­mos hablando de testimonios, ni de reportajes, ni de truculencias: los autores (cual más, cual menos) quieren abierta­mente hacer literatura. En quinto lugar (y hay más argumentos, Usía), porque son el resultado de una tradición del género que en Chile tiene su buen siglo de práctica.

 

Son 24 autores, 4 mujeres. ¿Género macho en Chile? Tema para debatir. Algunos son escritores acredita­dos por publica­ciones y premios, tales como (en orden alfabético): Roberto Ampuero, Pablo Azócar, Alejandra Basualto, Poli Délano, Sergio Gómez, Sonia González Valdenegro, Luis Sepúlveda o René Vergara, por sólo nombrar unos pocos. Aportan su reconocido oficio con cuentos que se leen con inte­rés y agrado. Descolla el cuento de Ramón Díaz Eterovic, un clásico total, un imperdible para gozar y regozar: “Vi morir a Hank Quinlan”.

 

Pero otros (otras) quizá menos conocidos, aportan lo suyo. El cuento que abre el volumen es excepcional, una elegante y poética varia­ción sobre el fetichismo titulada “Su sonrisa en el refrige­ra­dor”, de Gabriela Aguilera. Hay más puntos altos: “El mejor puntero izquierdo del mundo”, de José Gai, un texto de lujo, con una sensibilidad para captar la cultura popular que recuerda a Fernando Alegría, al Skarmeta de antes, a Luis Cornejo. La contribución de José Román con “Después de la función” recrea magistral­mente, a través de bien elegidas citas de películas, el ambiente del cine negro en un alicaído teatro capitalino. Por su reconstitución del lenguaje y las actitudes de personajes hampones, resalta cual iceberg “Urgentes y rabio­sos”, de Francisco Miranda, que nos hace recordar lo mejor de Luis Rivano y Armando Méndez Carrasco.

 

Para no dejar de mencionar a nadie, también están incluidos (en orden alfabético): Car­los Almonte, Claudia Apablaza, Juan Ignacio Colil, Ignacio Fritz, Bartolomé Leal, Tadeo Luna, Martín Pérez, Peter William O’Hara, Eduardo Soto Díaz, Car­los Tromben y José Miguel Vallejo. Tal vez falta­ron algunos (algunas) en la compila­ción, pero ya tendrán su hora.

 

Cabe señalar la evidencia de un recambio generacional no siempre favorable a las nuevas cama­das de narra­dores “negros”. El buen oficio narrativo de Alberto Edwards, Camilo Pérez de Arce (James Enhard), L.A. Isla o Luis Enrique Délano, quienes escribieron novelas y cuentos en la época de oro del enigma, a veces se echa de menos en los nuevos autores elegidos. Lo que hay, eso sí, es un poco más de experimenta­ción formal, otras temáti­cas, mayor aproxima­ción a las jergas popula­res o canallas, asimila­ción de los recursos de autores del género negro, abundantes referencias cinéfilas… A veces se nota más preo­cupa­ción por la ambien­ta­ción y la atmósfera, que por la crea­ción de personajes o la estructura­ción del relato.

 

En cualquier caso, tanto los descollantes como los decadentes y los reprimidos (que hay de todo en el libro), aseguran lectura grata y substancia para la reflexión. Proveen un panorama de la situa­ción, hoy, del género negro, que ganó un impulso importante en el festival Santiago Negro, donde este libro fue lanzado. La compila­ción revela que hay aún mucho camino por recorrer como para pensar que hay un movimiento de narrativa negra sólido, coherente y sostenido en Chile. No hay que olvidar que los autores de la vieja genera­ción fueron acogidos por las editoriales argentinas y mexicanas, amén de las nacionales de antaño (Zig‐Zag, Nascimento, Pacífico), lo cual contribuyó a afinar su pulso. El contexto mercantilista, la jungla salvaje que nos dejó el neoliberalismo, no ha respondido a la pasión escritural de muchos de los compila­dos. Y sin cantidad no hay calidad, como solía decir Ray Bradbury…

 

En cualquier caso, bien por LOM, la editorial que se la jugó, por el culto y generoso compila­dor, y por los autores selecciona­dos. Se invita a seguirlos, que muchos entre ellos están recién empezando (cualquiera sea su edad). Prometen, en nuestras letras, litros y litros de colorada sangre criolla. 

 

 

*Novelista de género negro, autor de Ahumada Blues (2002)

 


[1] Letras rojas. Cuentos negros y policíacos, Ramón Díaz Eterovic (compila­dor), LOM Ediciones, Santiago de Chile, 2009

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