Autores

Difusión

Informa­ción de concursos, lanzamientos y presenta­ciones lo encuentras acá

Entrevistas

Un espacio de conversa­ción cultural, que permite conocer a los que están tras las letras

Reseñas

Home » Crítica Literaria

EL PRINCIPIO DEL PLACER. Por Philip Larkin (De Required Writings, 1983). Traducción de Marcelo Rioseco

Es útil recordar a veces que los aspectos más simples de las cosas normal­mente se conside­ran complica­dos. Tome­mos, por ejemplo, la escritura de un poema. Ésta consiste en tres etapas; la primera comienza cuando alguien se obsesiona de tal manera con un concepto emocional que se ve impelido a hacer algo. Lo que esta persona hace es lo que llama­mos segunda etapa, a saber, construir un dispositivo verbal que reproducirá este concepto emocional para que lo lea cualquiera a quien le interese leerlo en cualquier parte y en cualquier momento. La tercera etapa se relaciona con la situa­ción que le ocurre a menudo a la gente en diferentes partes y en diferentes momentos cuando activan este dispositivo verbal y pueden recrear en ellos mismos aquello que el poeta sintió cuando escribió el poema. Estas etapas son todas independientes entre sí, pero todas ellas son absoluta­mente necesarias. Si no hay un sentimiento preliminar, el dispositivo verbal no tiene nada que reproducir y el lector a su vez no experimentará nada. Si la segunda etapa no está bien hecha, el dispositivo no develará sus riquezas o sólo revelará algunos de sus tesoros a algunas pocas personas, o dejará de revelar su contenido después de un periodo tiempo absurda­mente breve. Y si no existe una tercera etapa, no hay posibilidad que exista una lectura del poema y, en este caso, apenas sí se puede decir que el poema existe.

Lo que la descripción de esta estructura tripartita básica muestra es que la poesía es emocional por naturaleza, pero teatral de hecho; es una diestra recrea­ción de la emoción en otras personas. Al contra­rio, un mal poema jamás será capaz de producir esta reacción en un lector.  Todos los modos de abstracción a los cuales recurre la crítica no son más que diferentes mane­ras de decir esto mismo, no importa que termino­logía  literaria, filosófica o moral se use. No sería necesa­rio señalar algo tan obvio si la poesía actual no lo hubiera olvidado. Parece­mos estar ahora produciendo un nuevo tipo de mala poesía, no la antigua poesía que trataba de sacudir al lector, pero fracasaba en su intento, sino una poesía que ni siquiera intenta hacer algo con el lector. El lector se ve constante­mente enfrentado a trozos de poesía que no puede entender sin una referencia externa más allá de sus propios límites o cuya autocomplaciente insipidez sostiene que sus autores están sola­mente recordándose aquello que ya saben más que recreando el poema para un tercero. El lector, de hecho, parece ya no estar más presente en la mente del poeta como solía hacerlo antes, como alguien que debía entender y disfrutar el producto terminado si es éste iba a ser, de alguna manera, un éxito. La presunción ahora es que nadie leerá ese poema y si lo hicie­ran ni lo entende­rán ni lo disfruta­rán tampoco. ¿Por qué esto es así? No es suficiente con decir que la poesía ha perdido su público y que ya no necesita considerarlo; aún así mucha gente todavía lee poesía e, incluso, la compra. Dicho esto con más precisión, la poesía ha perdido su antiguo público y ha ganado uno nuevo. Esto ha sido causado por la astuta fusión entre el poeta, el crítico litera­rio y el crítico académico (tres cla­ses de personas ahora notoria­mente indistinguibles entre sí). Es apenas una exagera­ción decir que el poeta ha conseguido una feliz posición dentro de la cual él puede elogiar su propia poesía en la prensa escrita y explicarla en el salón de cla­ses, mientras que, por otro lado, el lector ha sido forzado a renunciar a su poder como consumidor y ya no puede decir: “No me gusta esto, tráeme algo diferente”. Ahora bien, si dejan a este lector murmurar una sola palabra para decir que no le gusta el poema y lo encontra­rán en la lista de casos para ser juzga­dos antes que pueda decir: Edgar Arlington Robinson. Y la acusa­ción contra el lector, en este caso, es seria: indolencia, herramientas críti­cas insuficientes o inadecua­das, además de torpeza para encontrar nuevas situa­ciones verbales o emocionales. ¿Veredicto?, culpable. Además se le formaliza­rán al prisionero unas pocas acusa­ciones más en contra de su forma­ción intelectual: adicción a las diversiones masivas e incapacidad para respuestas fuertes. Es hora que algunos de ustedes, playboys, se de cuenta que leer un poema es un trabajo duro. Catorce días a la cárcel. El próximo!

Por consiguiente, el cliente que paga en efectivo por un libro de poesía y que compra con la esperanza de encontrar cierto placer en ello como si tratara de ir al teatro o a un concierto, ya se ha ido rápida­mente a otra parte. La poesía ya no es un placer. Los poetas fueron reemplaza­dos por un escuadrón más humilde, cuyo objetivo no es el placer sino la autosupera­ción, y quienes han aceptado, sin hacer una crítica siquiera, la opinión de que no se puede apreciar la poesía si primero no se invierte tiempo en construir un dispositivo intelectual para entenderla. En resumen, el público de la poesía moderna, cuando no es un público que intenta comprender la poesía por sus propios medios, es un público compuesto exclusiva­mente por estudiantes. Así de simple. A primera vista, esto no parece ser una mala cosa. El poeta tiene al menos una ascendencia moral y su nueva clientela no compra sólo poesía, sino que también paga para que después se la expliquen. De nuevo, si él poeta se tiene sólo a sí mismo para complacerse, él ya no está más incapacitado por las limita­ciones del público. En cualquier caso nadie cree hoy en día que un artista que vale la pena puede confiar en algo que no sea su propio juicio crítico: el gusto del público siempre está atrasado en veinticinco años por lo menos y sólo capta un estilo litera­rio cuando es aprovechado por los mediocres. Todo esto es bastante cierto por lo demás. En el fondo la poesía, como todas las artes, está inextricable­mente unida a la capacidad de proporcionar placer y si el poeta pierde a ese público que busca placer, él habrá perdido el único público que vale la pena tener y que no puede sustituirse por una laboriosa muchedumbre. Y las consecuencias de esta pérdida se harán sentir en todo su trabajo. El poeta incluso olvidará si él mismo encuentra intere­sante lo que tiene que decir, podría suceder que otras personas no lo encontra­ran intere­sante para nada. Así el poeta se concentrará en cosas como aquellas que tienen un valor moral o en las complejidades semánti­cas del lenguaje. Peor aún, sus poemas ya no nace­rán de la tensión  entre lo que él ¾de una manera no‐verbal¾ siente y lo que puede ser comunicado en un lenguaje común y corriente con alguien que no tiene su experiencia, su educa­ción o que no ha recibido becas para viajar como él, porque una vez que los otros sueltan el otro extremo del hilo que une al poeta con su público lo que resulta de esto no es un producto tan oscuro o trivial (aunque podría ser las dos cosas) como un producto no logrado, algo nacido de una pereza carente de todo dramatismo, porque el poeta, a estas alturas, habrá perdido el hábito de probar lo que escribe haciéndolo pasar por este estándar de calidad. En consecuencia, no hay placer, no hay poesía.

¿Qué se puede hacer acerca de esto? ¿Quién quiere hacer algo al respecto? Cierta­mente no el poeta, el cual está en una posición sin precedentes que le permite tanto vender su trabajo como los juicios críti­cos para juzgar ese trabajo. Tampoco el lector, por cierto, quien, como el socio de un matrimonio no consumado no tiene una mejor idea de cómo arreglar el problema. Tampoco el lector tradicional, quien simple­mente reemplaza un placer por otro. Sólo quienes conservan un alma romántica y que recuerdan los días en los cuales la poesía era condenada por pecaminosa podrían desear que las cosas fue­ran diferentes. Pero, si la solución es ser rescatado de entre todos nuestros deberes y que se nos restituya a nuestros antiguos placeres, sólo puedo pensar que un rechazo a gran escala tiene que llevarse a cabo en contra de las nociones actuales, y que tendría que comenzar con los lectores de poesía preguntándose con más frecuencia si en realidad disfrutan lo que leen y, si en caso de que esto no sucediera, debe­rían preguntarse cuál es el sentido de seguir leyendo. Uso la palabra “disfrutar” en el sentido más trivial de la palabra, con el mismo sentido con el cual deja­mos la radio encendida o la apaga­mos. Todos aquellos que están intere­sa­dos en este tema quizás podrían disfrutar la lectura del ensayo de David Daichess: “The New Criticism: Some Qualifications” (in Literary Essays, 1956). Por el momento, la siguiente nota de Samuel Butler podría hacer reavivar esa secreta ansia de libertad: “Me gusta­ría que me gustara mucho más la música de Schumann de lo que real­mente me gusta. Me atrevo a decir podría hacer que me gustara más si me esforzara en ello, sin embargo  no me gusta tener que esforzarme para que me gusten las cosas, me gustan las cosas que me gustan inmediata­mente y no tratar para nada hacer que me gusten” (Notebook, 1919).

Share and Enjoy:
  • del.icio.us
  • Facebook
  • Google Bookmarks
  • BarraPunto
  • Bitacoras.com
  • E-mail this story to a friend!
  • Meneame
  • Netvibes
  • Turn this article into a PDF!
  • Twitter
  • Yahoo! Bookmarks