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Entrevista sobre “La pasión según Georg Trakl”, a Hugo Mujica. Por Miguel Rep

 

Acaba de aparecer tu libro La pasión según Georg Trakl. Poesía y expia­ción. Invirtiendo el orden, por qué Trakl y por que pasión.

 Hace casi 30 años publiqué un pequeño ensayo sobre Trakl y ya hacía más de una década que leía sus poemas… ¿Lo elegí? ¿Me eligió? ¿Hay por qués? Cuando lo descubrí me atrajo su tono, la aspereza de su tono. Era un tono en carne viva, es. Después aparecieron las palabras… Y me habla­ban, y lo siguen haciendo. Lo de pasión dice rela­ción a pat­hos, a padecer, y, también, ser pasible de ser afectado, dejarse tocar por la vida, por la historia, en su caso, dejarse herir, al fin, dejarse matar por la guerra en la que se mató.

 Lo presentás como una persona muy marcada por la historia, ¿no?

           Así es, atravesado y partido por el hecho de que le toca vivir en el gozne del siglo XIX al XX cuando con la caída del imperio austro húngaro comienza la desintegra­ción de Occidente,  y Trakl pone el cuerpo, encarna ese desgarro. Para Trakl lo que se hunde en Europa no es un imperio político sino el alma de una civiliza­ción. Es su eclipse, el del alma, y el comienzo, la grieta, de su agónica pérdida. Allí, en la hendidura abierta por el desmoronamiento del orden universal que se creía perenne, allí donde el humanismo ini­ciaba su retirada, y donde el vacío era el espacio que comenzaba a extenderse, se situó la figura de Trakl. Y a la vez, aunque desgarrándose él, Trakl busca reunir los escombros, dar forma a los fragmentos: crea su poesía, da unidad al sinsentido. El haber hecho del dolor un camino hacia la crea­ción y la belleza, la lacerante belleza de su obra, es su milagro, el milagro y la posibilidad que nadie le puede quitar a nadie: la libertad de significar.

 ¿Es la época expresionista, sí?

 Sí, y en mi libro cifro el expresionismo en la imagen del grito, obvia­mente sin poder dejar de pensar en el arquetípico cuadro de Munch. El expresionismo fue un exceso en el lenguaje mismo, y un exceso del lenguaje o es silencio o es un grito y en Trakl fue un grito. En el grito no busca­mos significar sino expresar: salir, irrumpir. El grito es carne, no aliento, porque el grito, a diferencia del lenguaje, no está ya allí, en el registro de la memoria, disponible para ser gritado; cada grito es la primera vez. El grito, y en el grito, se nace, se inaugura algo más de nuestra carne, algo que todavía no había visto la luz. Es, como en Trakl, lenguaje en carne viva, o la carne viva del lenguaje.

 Vos planteas en tu libro el eje o más bien la dicotomía culpa‐pureza en la vida de Trakl, ¿verdad?

 -Trakl tiene la obsesión, la pasión, por la pureza, por lo inmaculado, lo transparente. Se la plantea desde la moral pero va más allá, busca, creo, el origen, no lo originado. Él tiene por un lado esta sed de transparencia absoluta, de la  página en blanco, ante­rior a cualquier trazo, pero la cual no se puede habitar si no es escribiéndola, siendo la sombra de la luz que anhela. Y su  sombra, existencial­mente,  fue el incesto con su hermana. No se sabe qué dura­ción tuvo esa rela­ción, pero por la cuenta que saco, la hermana tenía doce años, si bien él tenía diez y siete, tiene que haber sido más una viola­ción que un consentimiento. Eso, a sus propios ojos, marca y mancha su vida total y para siempre; pensá que Trakl viene de una forma­ción cristiana católica‐protestante cuyo énfasis era la culpa y el pecado… Trakl es víctima, también él, de la tergiversa­ción de una religión, la cristiana, que es la de un Dios que se hace carne, que abraza lo humano en cuerpo y alma, y termina predicando el desprecio a la carne, al mundo y a la historia; que en vez de tratar de encarnar el alma termina predicando la nega­ción del cuerpo para liberar el alma.  Ese es el mundo de él, habitar esa culpa, y por otro lado, la nostalgia de lo otro, lo sin mancha, la pureza, la transparencia. Es tal ésta radicalidad de la pureza que busca, que para él, y para una larga tradición humana, nacer ya es mancharla, así  como escribir es cubrir la hoja , o hablar es silenciar el silencio que intenta­mos escuchar, el que se nos da a decir. Por eso para Trakl el único ser puro es el que él llama el “nonato”, el no nacido. El único sin culpa, también sin carne ni historia. “El alma es extraña en la tierra”, creo que son las exactas palabras que escribió Trakl, las líneas centrales de su concepción de la vida, y esa misma extrañeza iba a ser el sendero de su vida. El exilio de no haberla podido encarnar, el ser un extraño en su propia carne. Un extraño de su propia carne.

¿Podría­mos imaginar una poesía del nonato?

 Sí, siempre y cuando sepa­mos que es tan imposible como el tener en cuenta un acto de quien no ha nacido. De serlo, ya imaginando, sería el silencio; que después de todo es aquello gracias a lo que siempre esta­mos hablando, y, por hablar, de lo que siempre nos esta­mos exilando. Nosotros, los humanos concretos y encarna­dos y por tanto como humanos hablantes, solo pode­mos escuchar el silencio en medio de las palabras, al borde de ella, nuestro silencio es el que separa las palabras y así las hace audibles, les deja irradiar su sentido, significar. Desde esta perspectiva,  la poesía del nonato sería la poesía sin poema, algo como que­ría Trakl, el alma sin su carne, o la vida sin su historia, es, se me ocurre ahora, la tenta­ción del origen, un origen que no origine, en el fondo, el vacío como vacío, no como lo abierto en cuya abertura todo encuentra espacio donde ser, donde aparecer y expresar.

 Suele decirse que la diferencia entre la poesía y el misticismo es que el misticismo aspira al silencio y la poesía a la palabra, no lo creo, si el misticismo fuera mero silencio nada sabría­mos de él, ni siquiera su nombre, y si la poesía no aspirase al silencio sería prosa o periodismo, no lo que es, precisa­mente un lenguaje que deja oír, no sólo que dice.  Nombrando perde­mos lo nombrado, nos separa­mos de lo nombrado, pero no lo hubiéra­mos tenido, aunque sea para perder si no lo hubiése­mos nombrado, por eso de alguna manera siempre esta­mos nombrando la despedida, siempre esta­mos pisando el umbral… creo que estoy hablando de la finitud. De lo que en todo planteo purista se trata de negar.

 ¿Vos crees que Trakl tenía claro todo esto que vos estás conceptualizando o que simple­mente lo sufría?

 Yo escucho mucha música y algo que aprendí es que la vibra­ción de una cuerda no termina nunca en el silencio, nunca jamás. Tampoco lo que un poeta dice, tampoco, nunca jamás en sus mismas palabras. Trakl padecía muchas de estas cosas que estoy diciendo, no sé si tenía claro o no lo que esta­mos diciendo, pero mucho de todo esto lo escuché en lo que él decía cuando decía otra cosa. Por otro lado la claridad no pertenece a la poesía, simple­mente porque el color de la vida son los claroscuros, los matices, el alba, cuando la luz enciende pero todavía no delimita: la promesa, no su cumplimiento, no su final. Arriesgando una afirma­ción diría que Trakl no tuvo demasiada claridad sobre sí, no era libre hacia sí, creo que en el fondo se despreciaba. Vivía, además, absorbido por la subsistencia material, aplastado por el sufrimiento físico y psíquico y enajenado por las drogas. Su claridad no fue pensar o saber sino crear, y esa es una claridad sobre la que no tiene derecho el crea­dor.

 De hecho se suicida así.

 Sí, una sobredosis de cocaína le paraliza el corazón, o se lo revienta, para no usar un eufemismo, lo hace al no poder soportar el dolor, no ya el propio, sino el de los enfermo, moribundos y mutila­dos por la guerra donde se había alistado de enfermero. Su madre era adicta al opio, sus hermanos también consumían y Trakl lo hacía desde su adolescencia, tanto drogas duras como fármacos. Paradójica­mente su primer empleo fue en una farmacia cuyo nombre era “El ángel blanco”.

 Volviendo a la idea de la separa­ción, o del pecado como lo siente él. Trakl intenta superar la separa­ción por medio de la crea­ción. ¿Eso decís?

 Trakl se lo plantea explícita­mente –y por eso pongo como subtítulo de mi libro Poesía y expia­ción-. Se pregunta sí lo estético es capaz de suturar la herida original, de reunir lo separado, o, dicho en los términos morales con los que se lo plantea Trakl, de expiar el pecado. Él reedita el clásico conflicto entre lo ético y lo estético, y para él lo estético no es suficiente, es, dice, “una expia­ción incompleta”. Creo que en el hecho de no reclamar la suficiencia de la creatividad, lo que sería su propia suficiencia, está su salva­ción, sin sabe muy bien que significa salva­ción. Trakl, nunca, se justifica a sí mismo, no se cierra en sí. Y, a la vez, se abre y da de sí, creando, no renunciando a crear aunque crear, como dijimos, no lo justifique ante sus propios ojos.

 ¿Y vos qué crees de estas teorías?

 Que es verdad, que es constitutivo de la condición humana, pero esa separa­ción, desde su positividad, es la condición de la libertad, y esa libertad la tiene que usar para reunirse de nuevo, pero no hacia atrás, hacia el origen perdido, sino hacia delante: creando, originando. La infancia, y pienso en Dostovievsky, tan leído y admirado por Trakl, o el paraíso perdido, o la edad de jade o de oro, desde otros discursos, plasma esa nostalgia de pertenencia a un tiempo sin adioses, a un habitar sin partidas. Pero como dije esa separa­ción es espacio, libertad, y también vacío, el vacío que tanto aterra a Occidente, el vacío que parece que sólo los artistas, algunos, osan afrontar. Vacío, silencio o ausencia… metáforas de lo abierto, de aquello en lo que el pensamiento no rebota y por tanto no regresa trayendo informa­ción, la informa­ción que necesita­mos para dominar, para colonizar lo otro, reducirlo a lo propio. Afrontar, soportar ese vacío, esa ausencia, es descubrir que desde allí, y allí se crea, con un crear que no es un continuar ni un extender, es un nacer. Creo que el artista verdadero es el que crea para mantener abierto ese vacío y no para llenarlo, para silenciarlo.   

 Tu acercamiento a él es por ese dolor,  o también tendrías acercamiento a poesías de celebra­ción?

 Si pienso en mis lecturas creo que inconciente­mente elijo más a los que padecen la vida que a los que la celebran, a los que escriben con sangre que a los que escriben con tinta; además desconfío de la celebra­ción que no está revestida con el pudor, con la conciencia del dolor del otro, de los tantos otros; creo que la alegría es más autosuficiente, que el dolor hermana más, casi diría que es más humano, que nos toca más, en la doble acepción del verbo tocar. En todo caso la verdadera celebra­ción creo que sigue al dolor, nunca lo antecede, el dolor es siempre por una pérdida, por algo que creía mío y la vida me demuestra mi error. Es algo así como que al dejar de aferrar­nos recién descubrimos que no está­ba­mos sostenidos sobre sí, que está­ba­mos sostenidos… que todo es don. 

 Por eso creo que el sentimiento último es la gratitud, que es haber entendido que no precisa­mente por la felicidad, sino a pesar del dolor el mundo es digno de ser vivido, abrazado, elegido. Amor fati, diría Nietzsche a quien Trakl leía y de quien aprendió. Trakl posible­mente no conoció el sentimiento de la gratitud, pero sí algo impresionante, y creo que algo de esto ya dije, es que nunca quiso merecer nada por sí mismo, él sabe que esa comida del pan y el vino no le pertenece, que él no está entre los humildes ni los simples, él reconoció el bien, por así decirlo, y no se creyó digno. Y sin embargo lo celebró en los otros. Y a ese sentimiento llegan muy pocos, y menos aún lo logran expresar como lo hizo él.

 ¿Qué hay de Trakl en tu poesía?

 Creo que formal­mente nada, en cuanto a su contenido siento que compartimos la visión del ocaso de una cultura, pero para mí es el paso a otra cosa, otra figura de las tantas que tomó el andar humano, otra de esas fogatas que enciende en medio de su errancia para cobijarse y descansar, por un tiempo, un siglo, un milenio… pero siempre umbral; lo miro desde lo que es, desde su noche, hacia donde puede ser, su posible amanecer; él lo miraba desde donde era hacia lo que había sido… Para él era un final, par mi orilla. También me siento afín a su nostalgia por una vida que todavía no se alienó sociedad o mundo, civiliza­ción o racionaliza­ción. Trakl busca plasmar ese deseo en las imágenes de los bienaventura­dos, lo que parten y comparten el pan y el vino, el alimento y la alegría de la vida simple; yo busco, también añoro, esa dimensión donde la vida aun tiembla, donde todavía nace, pero no poetizando la vida de algunos sino la desnudez de todos.

 Hable­mos un poco más de esos bienaventura­dos, los admira­dos por Trakl.

 Tome­mos conciencia de que, más allá de su ya tenebrosa vida personal, Trakl esta respirando, asfixiándose, en el enrarecido clima que prologa al estallido de la primera guerra mundial, la primera barbarie de un siglo que la volverá a repetir; el grito no ya de Munch sino de una genera­ción entera, lo sublime convertido en siniestro.

 Ese es el clima que respiraba Trakl en el centro de Europa, allí mismo donde se había anunciado el triunfo de la racionalidad ilustrada, allí mismo donde fracasa­ría una vez más. Es surcando ese mundo, en los márgenes, sin contar para la cuenta del poder, donde aparece otra senda, camino de tierra, aparece, diría Hesíodo, la vida de “el trabajo y los días”. La gente simple, artesanos, campesinos… son los que al volver de sus trabajos se sientan a la mesa y comen en pan y el vino, la metáfora por antonomasia de la vida bendita para Trakl, el pan bendito por el sudor, como él lo dice. Una vida, a la cual él no está invitado; un pan y vino que no comerá, el hambre que nunca lo abandonó. En su obra estas imágenes no ocupan el centro, como esos mismos habitantes en nuestro mundo, pero están allí, de tanto en tanto, como una tenue luz, como una tenue esperanza de otro mundo en este mundo, una esperanza entre los que sí han nacido pero no se han alejado de lo latiente, en los que aún late el pulso de la vida. 

 Volviendo a la poesía de Trakl, ¿cabría decir que es la poesía del des‐nacer antes que del nonato?

 Nacimos sin haber sido consulta­dos, no nos fue pedido ni nuestro consentimiento ni nuestra decisión, y así comenza­mos a ser desde un deseo ajeno, a desplegar ese don, que no fue ofertorio sino don, por no decir imposición, en el que cada uno se recibió a sí. Creo que por eso todos, en algún momento de la vida, debe­mos dar nuestro sí a ese acto ini­cial, debe­mos besar la vida, confirmarla como propia, agradecer su gratuidad, pero profunda­mente, con una decisión por la gratitud. Creo que su opuesto, el no a la vida –y sin juicio sobre cada caso particular‐, es el acto suicida; el radical no a ese don ini­cial, el deseo de no haber nacido, el intento de desnacer. Creo que algo de eso tuvo el gesto final de Trakl.

 Y vos pasaste alguna etapa en tu vida parecida a la de Trakl?  No digo que te hayas querido suicidar, ¿o sí?

 La única vez que intenté suicidarme era un chico de 15 años así que no sé bien qué impulso o verdad había en ese conato fallido. Me acuerdo del hecho externo, pero del resto se hizo cargo la imagina­ción que, cuando mira hacia lo atrás y lejano, la llama­mos memoria.

 Si pienso en una etapa parecida a la de Trakl, a lo que en él no fue una etapa sino toda su vida, puedo recordar un par de años, dos o tres, de depresión en la época que vivía en New York, años fumando frente a mi ventana y viendo el prenderse y apagarse de las luces, los días vacíos, las noches cerra­das… Un día, igual a todos, estaba tirado sobre la cama, tal un cliché, mirando el techo, y veo en el blanco del techo la asquerosa mancha negra de una cucaracha atravesándolo… veo la asquerosa cucaracha caer sobre mi pecho… Grité, salté, salí a la calle, era madrugada y fría, caminé y volví, pero ya no era el mismo. El horror y el dolor de esos años, quizás condensa­dos para mí en ese bicho, había quedado atrás, otra vez amanecía, había un adelante, otra etapa, otra de las formas que toma­ría mi vida.

 ¿Pero estuviste cerca del salto?

 El salto no es algo que pueda corroborarse, es salto y no cálculo, y, además, se salta hacia lo que no se es, hacia lo que nace en ese salto. Es como si algo de nosotros que aún no somos saltase hacia ser, naciese. Lo que sí se sabe es que todo tiene otro color, todo también se renueva, o se crea. Creo que todos salta­mos más de una vez en la vida, sin saber hacia dónde, pero sabiendo que donde sabe­mos ya no pode­mos seguir, al menos que nos traicione­mos, que elija­mos la repetición en lugar de la crea­ción.

 Y ya que tanto ha aparecido el tema del vacío, ¿cómo enfrentás  desde tu obra ese vacío?

 Antes que nada diría que el vacío no se enfrenta, precisa­mente porque es lo irreductible a nosotros, lo imposible de objetivar, lo que no nos devuelve ecos, donde no nos pode­mos reflejar, quizá por eso, por ser otro nombre para lo otro, lo otro fuera de todo nombre, que tanto nos asuste, que sea una de esas experiencias a las que se accede no a través de la comprensión sino de la entrega, no agregando sino quitando, desnudando y desnudándose.

 El vacío –ahora sí y perdona la digresión‐, llevado a la crea­ción literaria, a mi forma de crear, es el silencio. Es con el silencio que se las tiene que ver el lenguaje, para que sea palabra que respira y no mero sonido de intercambios. Yo creo, y es mi intento, que habitar el silencio es habitar la palabra, la que aún no nos habló, la que de alguna manera, si la escucha­mos –que es el aspecto subjetivo del silencio– nos dice algo de lo que todavía no había dicho de sí, de lo que aún no se había escuchado en ella. En el silencio el silencio habla, habla con nuestra voz, y ese decir, el que nace de la escucha, no es mero decir sino ya poetizar. Creo que el vacío, la ausencia, el silencio o como se quiera llamar a eso otro, a lo irreductible, el aquello desde lo que se habla, pero no sobre lo que se habla, esa diferencia divide la verdad de la mentira, el arte del artilugio.

 ¿Para qué te parece que la poesía debe­ría servir?

 Si algo sobra en nuestros tiempos son las cosas que sirvan para algo, tal es así que la antigua y esencial pregunta sobre qué es la vida se transformo en la pregunta sobre para qué es la vida; ese casi imperceptible cambio nos revela como utilita­rios, hacedores de útiles, herramientas, todo lo que sirve para usar, usar y tirar, tirar para cambiar. Ese para remite todo a otra cosa, a algo que no está en sí, y la poesía, el arte, no es del orden de los medios sino de los fines, de lo que se cumple en sí, no más allá de sí; es del orden de lo que no se justifica ni desde afuera, por la aproba­ción o el mercado, ni sin si quiera desde el propio crea­dor. La obra, el poema, instaura su propia ley, su propia clave interpretativa, su propio valor, es, diría su propia justifica­ción y su propia revela­ción. Y, también diría, su propia revolución, ser belleza en medio de un mundo reducido a mercade­ría; revolución y protesta: ser gratuidad en un mundo hundido en el lucro y la especula­ción. La poesía para terminar, es el puro ser por sí, quizá como la vida misma, quizá por eso el arte puede enseñar­nos a vivir. Después puede venderse, usarse, investigarse… insertarse en la cultura y hasta en el mercado, pero eso es siempre después, en un después que ya es el trueno y no el relámpago.

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