LA FÁBULA DEL TIEMPO DE JOSÉ EMILIO PACHECO. Por Sergio Rodríguez Saavedra
Reconocimiento al hombre que nacido en el Distrito Federal, lleva la voz de México, la literatura de México, los libros mexicanos ¡vaya peso! a través de la tierra como quien carga la voz de todos nosotros, con una poesía y narrativa que nos dice aquí estábamos, estaremos, cuidado entonces con el hoy. Poseedor de una variedad temática que va desde lo histórico a lo político, y de lo religioso a lo profano, la obra de Pacheco se hermana a sí misma sólo por el soporte de la aguda inteligencia. El la sumatoria de poemas lacónicos y poemas irónicos, poemas rimados y ritmados, versos de historia y de histeria, de lugares propios y despedidas de lo para siempre ajeno, queda un algo más flotando a nivel de pensamiento. No se traga los discursos imperantes leyendo entre líneas la fugacidad de las promesas en cualquier habla, la gigantesca dificultad de resolver en unas cuantas palabras aquello que el gesto simplemente derrumbó: “En lo alto del día eres el que regresa / a borrar de la arena la oquedad de su paso” (Éxodo). De ahí que una lectura no arbitraria puede contener perfectamente el tiempo como un hilo causal de sus escritos. Así, el Manuscrito de Tlatelolco (No me preguntes cómo pasa el tiempo, 1976) y A las Puertas del Metro (Desde entonces, 1980), separadas por siglos de evolución –palabrita desvirgada en este tenor– se unen a la misma lectura del poder que absorbe a las sociedades en cualquier lugar y momento de mundo. Si tuviese que reemplazar la aguda metáfora del título, opondría sin duda alguna el péndulo, pues a pesar de la inquietud intelectual de sus poemas más analíticos y la contenida emoción de los siempre nostálgicos recuerdos, hay en Pacheco un movimiento pendular que va del yo al ello, de la reserva a la ironía, a la manera de una marea que sube y baja con las horas, pero también se expresa en la alegría del juego creador en cada texto, midiendo la sorpresa de un lado a otro, para finalmente desarticularse con el sorprendente final. En este sentido, tácitamente descompone el tiempo, altera el calendario que nos hace suponer el avance, haciéndonos caminar de espaldas para que veamos si estamos igual que anteayer, cuando la boca discutía el mal que somos hoy, cierta indignidad que asumimos cuando se deja de mirar –oír en este caso– con recelo: “Sobre tu rostro crecerá otra cara de cada surco en que la edad madura y luego se consume y te enmascara y hace que brote tu caricatura.” (Envejecer)
El otro Pacheco, moviéndose hacia los libros, deja la misma jugada –nostalgia y humorada el paso del tiempo‐, ejercicio vano cuando se determina con la vanidad, ejercicio en la humildad más humilde cuando se escribe para dialogar con quienes uno dejó pasar a su lado, claro, otra vez enseñanza, moraleja: “En la poesía no hay final feliz. Los poetas acaban viviendo su locura. Y son descuartizados como reses (sucedió con Darío). O bien los apedrean y terminan arrojándose al mar o con cristales de cianuro en la boca. O muertos de alcoholismo, drogadicción, miseria. O lo que es peor: poetas oficiales, amargos pobladores de un sarcófago llamado Obras completas.” (Vidas de los poetas) Parece hermano de los eternos metapoemas que Enrique Lihn necesitaba en cada publicación como una forma de asumir con el decoro de lo indecoroso este oficio que no sirve para nada, a menos que desee servir. Pero también la tonalidad contenida, el masticar de cada verso –ya de fama su habitual costumbre de trabajar el texto, aún después de publicado– la pausa que dejan sus silencios, el sonido que tañe cuando encabalga, nos recuerda las Noticias del Extranjero de Pedro Lastra. Así es, hay una medida donde la poesía de José Emilio Pacheco se nutre de la nuestra, y otra donde nosotros, poetas de los diversos oficios, abrevamos de él. No está demás decir, que este manifiesto vaivén en lo coloquial, cobra absoluta singularidad cuando constatamos su dominio narrativo (léase Las batallas en el desierto, ese relato giratorio, pieza clave también en nuestra contemporaneidad, que aún podemos encontrar en los ya célebres Libros del Ciudadano), narratividad que pone al servicio de los hechos, aunque ciertamente, asidos por la costura sugerente del discurso lírico. La Fábula del Tiempo, es además de un gran libro de poesía, el diario de vida de un autor prolífico, cuyas evoluciones, o más bien, cuyos cambios de piel, se corresponden con la necesidad final de albergar la esperanza sobre todos los desengaños del mundo. Canto al fin de cuentas, desde y sobre la humanidad, aprendizaje último de que el tiempo puede moverse rápido, pero necesita nuestro movimiento. Dejemos que el péndulo oscile entre la vida y la muerte, entre silencio y palabra, mientras bajo el límite que sólo conoce el aire que vuela a ras de la arena, leemos un poema apuntado por José Emilio Pacheco en las orillas del alma. [1] LOM Ediciones ha editado todos los autores ganadores del Premio Iberoamericano Pablo Neruda, incluido el Premio 2009, Ernesto cardenal. |

Editada en nuestro país por LOM, a raíz del Premio Poesía Iberoamericana Pablo Neruda que el gobierno de Chile entregara a José Emilio Pacheco en el 2004
Burla, claro, como dice el acertado prólogo, que le acerca al fabulista, pero cuyos giros, hacia nos o hacia él, tienen la gracia que en Chile asumen los giros chuscos de un Nicanor Parra.









