La poesía de Raúl Zurita es llegada a la tierra, marcas del océano, aullido del desgarro. Por Pavella Coppola Palacios
1.- Primer paréntesis: 2.- Esqueleto: Se concentran aquí 28 años de creación poética. Sostenemos en nuestras manos casi treinta años de su obra ; ante nuestros ojos se deslizan versos de casi tres décadas de una de las más poderosas voces de la poesía contemporánea. Se trata, entonces de una panorámica representativa. Se ha esculpido esta selección con fragmentos de todos sus libros: una suerte de escultórica anatomía proporcionándonos lo medular de un cuerpo poético: Purgatorio (1979) nos devela la magnificencia de la palabra desierto, árida superficie del encanto geográfico de las latitudes nortinas de Chile, territorio al cual le canta el poeta y desde donde su obra se tensa hasta universalizar e iniciar la noción trágica de su poesía. Le suceden escritos de Anteparaíso (1982), de la cual se publican ocho cantos conmovedores. Ocho cantos sujetos a la imposibilidad que desgarra al poeta de inferirle a la palabra toda la carga expresiva, toda la carga semántica para explicar el dolor que lo desborda. En 1985 se publica Canto a su amor desaparecido obra movilizadora de la simbólica de un tanatos imbuido en la tragedia de la patria, terruño todo comprometiendo a Zurita y desde el cual su obra se adhiere con solidez a lo político. Continúa esta selección con La vida nueva (1993), texto que une como puente dos extremos de un continuum poético: el desgarro, presente en el recorrido escritural predecesor y la búsqueda de un registro temático que intenta aligerar la pesadez desgarradora apilada en el corazón del poeta. De Poemas militantes (2000) fueron seleccionados los cantos XI, XIV y XV; estos nos hablan del amor y objetivan un registro diferente en su recorrido escritural. Se continúa con INRI (2003); obra estremecedora desde su inaugural título. Obra que arrastra al personaje Zurita, convirtiéndolo en un receptáculo voraz de los acontecimientos telúricos y amorosos y trágicos. Prosigue esta panorámica Los países muertos (2006); la voz del poeta reitera su lugar testimonial. El poema No nos hemos perdido corresponde al libro LVN (2006) destaca golosamente el amor como condición privada y colectiva. Retoma una vez más el sentido trágico, el tono imprecativo que caracteriza la ira de Zurita, el poeta. Este reemprender escritural del desgarro lo observamos en In memoriam (2007); una simbólica del número, del dato, de la fecha se reitera tal como si se tratara a ultranza de una exposición de marcas, no de huellas, excavando los compromisos de la memoria. Concluye esta Antología No vayas a matarme, texto inédito, premunido de contingencia, de desolada ternura. 3.- La imprecación como lugar del acontecimiento verbal: ” Todo Chile se volvió sangre al ver tus fornicaciones 4.-La concretud: “(…) Bruno, Susana, tal vez sus cuerpos se levanten desde abajo De Pastoral I, II,III, IV, VI, IX, X, y XII de su libro Anteparaíso, la copulación amorosa se hace una con el paisaje: el acto carnal de la penetración viril corresponde al acto carnal de la existencia del hombre desplegada a través de su condición humana, en medio de un paisaje envolvente, arropándolo, sosteniéndolo y del cual no puede ni desea desatarse. El paisaje, comprendido no únicamente como escenografía o territorio teatral de un desarrollo escénico actúa como elemento más en el juego amoroso: presente ahí, es partícula viviente de flujos amatorios derramados, incluso cuando el amado declama: “Porque ya la soledad no era Esta suerte de unicidad de lo humano y su paisaje extiende la sabiduría en el sentido de comprender el juego amoroso como actividad en donde la vida se agita contra la muerte; dicha extensión sabia de lo amoroso, de la ternura, transfigurada en carnalidad expuesta, primitivo estadio de animalidad, se ajusta, se revuelve, se mixtura con el incondicional territorio de la patria: “Chile es un desierto Algo semejante a la unicidad amorosa entre hembra y macho corresponde la copulación de lo humano con su paisaje, pues lo vívido se comporta cual penetración de lo escénico, del paisaje descrito. El hombre y su mujer habitan en él y copulan felices para expandir su materia hacia los cardinales del universo. La condición amorosa del macho y de la hembra resulta ser la condición amorosa de lo humano para transformarse en una línea infinita diluyéndose en el páramo. Paisaje‐espacio‐territorio y cuerpo humano actúan como sistema amoroso, se tornan uno, copulan cual genuino circuito erótico, coito cohabitándose. Y, siguiendo esta línea interpretativa, el paisaje no es mero recurso retórico, no actúa objetualmente, se resiste a ser comprendido como elemento al servicio de la descripción requerida por el vate. Adquiere significancia erótica cual apertura de piernas de una hembra encabritada o de un viril muslo al acecho. 6.- El macho se desangra: He aquí, entonces, al poeta herido como guerrero lapidado, pues la amada lo ha traicionado. ¿Cómo aventurarse a conversar acerca del amor, a escribir sobre eros, sin saber de celos? El amor es pertenencia, adquisición; lo que el amador o la amadora hacen suyo debe ser inasible para otro. Hacia el lector se avalancha el violeta capricho de los celos. Zurita, una vez más, se hace totalizador atesorando en su escritura todos los celos, todos los dolores de los hombres traicionados. No habla de sí mismo, aunque en este caso, un yo, una primera persona, gramaticalmente sostenga la composición poética. Brama: El desgarro, hilo conductor de la imprecación poética de Zurita en toda su obra, una vez más nos estremece. Aquí no existe un rasguño epidérmico, porque si no sería simulacro, si no, sería diminuto rasmillo. El desgarro reactualiza la noción de un arrojo poético del desborde: direccionalidad sobrepujando límites del ánima y del cuerpo del traicionado: “Por otros quemaste tus ojos “Pero yo te seguí queriendo (…) y te encontré de nuevo Todo Chile es testigo de la traición; todo Chile comprometiéndose, implicándose en la traición; todo Chile significa la vastedad territorial postulándose como juez de lo acontecido. La felonía en el amor no pende de un hilo; aquélla pertenece a un paisaje, se aferra irreductiblemente al horizonte expuesto como si únicamente el encadenamiento a la materia soportara la conjunción en tanto posibilidad de la condición humana de saberse pertenencia, de reactualizar la noción de pertenencia. La morada completa del Chile engañado actúa como paisaje instalándose próximo al poeta, porque sufre una similar traición a la sufrida por el vate. Por ello, Chile se encarga de saber del dolor del traicionado, pues toda su geografía ha sido también abandonada, también traicionada. Se nos devela, así, el registro de una disolución del yo y del tú como sujetos autorreferidos. El yo y el tú conforman el país revuelto, la patria atormentada. De este modo, la traición amorosa, mediante la disolución de lo estrictamente autorreferido, se colectiviza, adquiriendo una semansia (¿) política, porque la traidora es significante de una patria que otea, que observa y se duele traicionada. 7.- Orgánica de lo político, ubicación de lo militante: Alguna vez sentenció el autismo de tanto poeta en esta patria, y, con ello, desmitificó a ciertos íconos, a ciertas vacas sagradas de la poesía chilena. Su condición de testimoniador corresponde a la ocupación política que va definiendo su obra. Canto a su amor desaparecido publicado en plena dictadura, es –quizás‐el más hermoso trabajo poético que se haya realizado de un testimonio político. Oteemos el poema Desiertos de amor. El poeta declama: Y, luego, de una suerte de verso corto, introductorio, se inicia el trágico espectáculo en donde la épica reclama su existencia, más allá de su nomenclatura literaria; lo épico es facto, corresponde a un día a día circundando al hombre quebrantado: “Todo mi amor está aquí y se ha quedado Es tan inmenso, tan infinito, tan deslizante, infinitamente generoso el amor del desaparecido capaz de atravesar la boca y la palabra del poeta vivo para fijarlo mediante la escritura en el accidente geográfico. Aquí lo geográfico, materializa su apariencia como depósito inquebrantable, inmutable, donde se sellan las huellas del hombre y su espanto. Se nos devela una rituálica (¿?): el desaparecido reactualiza por obra y gracia del poeta el acervo de la memoria: su huella se fija eterna. Zurita escucha la petición ancestral y se desfigura para convertirse en voz y en escritura del ausente, amador incansable de la vida: “Pero mi amor te digo, ha quedado adherido a las rocas, al mar a las montañas .” Registro, testimonio y transfiguración del poeta en voz y escritura del ausente, del desaparecido, corresponde al acto militante del poeta político, lejos de todo vulgar panfleto. Así, la escritura se circunscribe también al amor colectivo. Su ubicación en el teatro político de los acontecimientos no invita al que ha manifestado su convicción poética de autista. 8.-El provocador: “Tu cara Rodrigo Marquet, la cara más hermosa elegantísimo, camisa verde seda(…)”, describe el poeta al hombre que en ese instante provoca su admiración. Canto XI resulta ser la evocación al amigo amado y muerto. Pero, Zurita provoca concientemente, va desdibujando su virilidad: “Y yo trataba de besarte sobre el cristal Entonces, la exposición íntima es un mortero disparando esquirlas fogosas para dejar instalada la provocación en el libro; para instalar la provocación como recurso punzante en la configuración interpretativa del lector. Insinuación y provocación hacen amistad y sugieren y se expanden para ofrecerse como racimos lujuriosos de una poética provocativa, desbordada. Zurita, el provocador, insiste con exponerse a ultranza. Tiene pellejo fuerte, calloso. Se ha convertido en el poeta guerrero, en controversial, pues en su país se lee desde abajo, desde lo nimio. Resulta, a veces, que en el país de Zurita que es nuestro territorio, el juicio estético se aborda como respuesta de un tabú viviente. Y, a modo de rebeldía, mientras más provocativa nos resulta su obra, aún más incisiva se torna su escritura, y, el amor, del cual estamos hablando, se desnuda completamente. 9.- Último paréntesis: En el territorio de los recursos literarios del desborde, la imprecación actúa como forma, como sostén sintagmático, como posibilidad sintáctica. Aquí sucede la desmesura lexical comportándose cual avalancha de valor, un torrente de significantes y significados en el sentido sausseriano desbordando el límite de la palabra. Cierta tragedia una vez más: la palabra no es capaz de ocuparse del desconcierto de lo real, no logra abordar la vida. La palabra tendrá que conformarse con la fragilidad de subsistir precisamente como palabra. En este sentido, tal limitante del signo lingüístico corresponde al agobio del poeta. Justamente ésta es su tragedia. Lo imprecativo en la poesía da cuenta de tal tragedia: lo real‐espantoso pareciera desbordar el oficio y naturaleza del poeta, pero también a su palabra. Por lo mismo, la atmósfera lingüística de lo imprecativo resulta estar más próxima a los despliegues asociativos ofrecidos por los significantes, pues únicamente nos configuramos desde ellos y nos anunciamos de modo trágico a partir de tales relaciones. El lenguaje imprecativo es subversivo, pues enrostra. No se escabulle, porque no calcula. Se queja, pero se trata de un quejido fuerte, agónico. Al lenguaje imprecativo lo sostiene un macizo suelo que es la propia vida. Suplica como instancia ulterior y activa de la queja, pero suplica dignamente; blasfema contra lo injusto, contra lo arrebatado. Se desgarra, pero no para autolamentarse sino para testimoniar, para imprimir así su estar en la tierra. El lenguaje imprecativo no se victimiza, porque lo victimizante permite la negación del yo y sitúa el desgarro fuera de sí, lo desentraña de su naturaleza. Persisto, entonces: circunscrito siempre al carácter imprecativo y desbordado de la poesía, Raúl Zurita se constituye en un ejemplo del desgarro poético, del desborde lírico para instalarse como una voz crucial de la producción poética nacional y hendir su poesía más allá de todas las fronteras. Saludemos, entonces, esta bella antología. |

Presentación a “Poemas 1979 / 2008” antología de Raúl Zurita. Selección de Sergio Ojeda Barías. Ediciones Ventana Abierta, 2008










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Saludos,
Sergio Rodríguez Saavedra