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LA VIDA ES ASÍ: CARLOS PEZOA VÉLIZ por Óscar Hahn

hahnEste 21 de julio se cumplieron 130 años del nacimiento de quien es conside­rado padre de la poesía chilena contemporánea. Sumándonos a los festejos ausentes, Santiago Iné­dito presenta este trabajo de Óscar Hahn, avance a su vez de la anto­logía del mismo nombre.

 

 El primer poeta chileno que consigue establecer una voz propia, de fisonomía inconfundible, es Car­los Pezoa Véliz. Aunque nace a la vida literaria bajo el signo de un romanticismo con voca­ción modernista, ya a la altura de 1900 se observan algunos rasgos que indican un cambio de dirección. Crucial fue la incorpora­ción de Pezoa Véliz a la poesía popular urbana, que narraba y comentaba en verso los hechos noticio­sos del día. En 1899 se imprimen cinco de estos poemas en las hojas sueltas que se conocían como “La Lira Popular” y que eran vendidas en la zona del Mercado Central que quedaba entre las calles Puente y 21 de Mayo, cerca del río Mapocho. Con el seudónimo de Juan Mauro Bío‐Bío, y gracias a su amistad con el vesifica­dor ciego Juan Bautista Peralta, el ventiañero  Pessoa Véliz pudo colaborar en esas hojas, escribiendo octavas o décimas que lleva­ban títulos extraí­dos de la crónica roja, como “Crimen de la calle Puente” o “Próximo fusilamiento en Iquique”. Esta experiencia significó que su centro de inte­rés se desplazara desde lo mera­mente libresco hacia el “dolor de los vagos / que hacen a gatas la vida”.

Pero su conciencia social no sólo se manifestó a través de la crea­ción poética. También en 1989, lo encontra­mos formando parte del directorio del Ateneo Obrero de Santiago,  destinado a dar a conocer “los talentos que hay escondidos entre la clase proletaria” y cuyo lema era el precepto de Car­los Marx: “La emancipa­ción de los trabaja­dores debe ser obra de los trabaja­dores mismos”. De la corta vida de esta organiza­ción Pezoa Véliz responsabilizó a los anarquistas, a los que fustigo dura­mente a través de la prensa, acusándolos de llevar en sus trajes “no las honro­sas manchas que se reciben con el trabajo dia­rio”, sino “las huellas recientes de borrache­ras dormidas al aire libre”.

Carlos Pezoa Véliz

Car­los Pezoa Véliz

En 1902 Pezoa Véliz decide abandonar Santiago y radicarse en Valparaíso. Casi todos los poemas que le dieron fama los escribió en los alrededores del puerto. Durante esos años cooperó con diver­sas agrupa­ciones culturales, como la Sociedad en Resistencia de Carpinte­ros de Valparaíso o el Ateneo de la Juventud, y se relacionó con alguno de los escritores chilenos más prestigio­sos del momento. Ernesto Montenegro, Manuel Magallanes Moure, Samuel A. Lillo, Augusto D’Halmar y Víctor Domingo Silva le otorga­ron la amistad y el estímulo que necesitaba. Estuvo a punto de sumarse a la legendaria Colonia Tolstoyiana, pero desistió por razones de salud.

El 16 de agosto de 1906, alrededor de las 8 de la noche, un violento terremoto destruyó gran parte de Valparaíso y Viña del Mar. Pezoa Véliz, que residía en una pensión de Viña, quedó herido de gravedad al desplomarse una muralla encima suyo. Después de convalecer un par de meses en el Hospital Alemán de Valparaíso fue dado de alta, pero por un tiempo debió de usar muletas para caminar. Fue en ese establecimiento donde escribió el conocido poema “Tarde en el hospital” y no en el Hospital San Vicente de Paul, días antes de su muerte, como algunos creen hasta ahora. Lo prueba un hecho absoluta­mente objetivo: la primera versión del poema apareció el 29 de agosto de 1907 en la revista Sucesos de Valparaíso, y se titula muy explícita­mente “Tarde en el Hospital Alemán”.  En publica­ciones pos­te­riores el nombre del hospital fue omitido, lo que originó la confusión.

Tampoco es efectiva la creencia de que su muerte fue consecuencia directa del terremoto. Pezoa Véliz ya estaba repuesto de las heridas que sufrió, cuando una antigua dolencia estomacal se le empezó a agudizar peligro­sa­mente. Ingresó por segunda vez en el Hospital Alemán, donde le extrajeron el apéndice, pero al ver que su salud empeoraba, optó por viajar a la capital e internarse en el Hospital de San Vicente de Paul.

Meses antes de cumplir los 29 años, el 21 de abril de 1908, fallecía Car­los Pezoa Véliz, debido a una “tuberculosis del ciego”, según reza el parte médico. Había nacido en Santiago de Chile el 21 de Julio de 1879. Fue sepultado en el nicho número 13 del Cementerio Católico, junto a la tumba de su padre. La prensa de la época señala que, aunque varios de sus amigos lo acompaña­ron en el último viaje, no hubo ni discursos fúnebres, ni lectura de poemas ni palabra alguna pronunciada ante su féretro.

No se le cumplió a Pezoa Véliz el sueño de todo escritor de ver sus textos en forma de libro. Alguna vez pensó editar­los, e incluso consideró títulos posibles: Tañidos o Las campanas de oro, para sus crea­ciones en verso; Tierra bravía, para sus combativas cróni­cas en prosa; pero su desa­parición prematura lo privó de rea­lizar ese sueño. A la generosidad de un amigo suyo, Ernesto Montenegro, debe­mos la primera compila­ción de los versos de Pezoa Véliz que esta­ban dispersos en dia­rios y revistas; y aunque el libro se conoce con el nombre de Alma chilena, en la portada no aparece este título, sino el de Poesías Líri­cas, Poemas, Prosa escogida. La edición, impresa en 1912, se abre con un pró­logo sin firma del mismo Montenegro y se cierra con un epílogo de Augusto D’Halmar.

Muchas de las composiciones de Pezoa revelan una auténtica y enraizada sensibilidad social. Para documentar esta afirma­ción basta­ría con citar “Teodorinda”, “El perro vagabundo” o “El organillo”. En este último, el dolor por los campesinos que han sido despoja­dos de sus tierras es a la vez una propuesta y una añoranza del tiempo “cuando la tierra es buena / cuando no había patrones / que hicie­ran siembras de pena / y vendimia de pulmones”. A este mismo grupo habría que agregar los poemas narrativos “Pancho y Tomás” y “Alma chilena”, escritos en el verso preferido por los cantores popula­res: el octosílabo. En el primero, la crítica a la discrimina­ción social, que se manifiesta hasta en la defensa de la patria, es planteada sin eufemismo. Recorde­mos que en 1905, año de escritura del poema, la Guerra del Pacífico era un hecho reciente: ¿Por qué la guerra? La tierra / no es de Pedro ni de Juan. / Desde el mar hasta la sierra / el amo es dueño. A la guerra / los amos no van, no van”.

La segunda narra­ción en verso cuenta el drama de una familia de inmigrantes vascos que es abandonada por el jefe de hogar en los muelles de Valparaíso y que se debate en la indigencia.  El poeta pone ahora de relieve la solidaridad de clase. Para ayudar a la desamparada mujer y a sus hijos, los trabaja­dores portua­rios deciden privarse de su escaso sustento: “¿Importaba un pan? ¿Acaso / no era hermano el desvalido? / Brazo de pobre era brazo / de Juan, de Pedro, si al paso / había un pobre caído”.

Se ha dicho que “Teodorinda” paga tributo al poema “La duquesa Job”, de Manuel Gutiérrez Nájera. La composición de Pezoa Véliz está estructurada con estrofas de cinco versos, de diez síla­bas cada uno, igual que la primera estrofa de “La duquesa Job”, y tiene un ritmo similar. Además, los dos poemas giran en torno a una figura femenina. Sin embargo, este es precisa­mente uno de esos paradóji­cos casos en los que las afinidades entre dos textos sirven más para sub­rayar las diferencias que las semejanzas. El de Gutiérrez Nájera es un encanta­dor poema galante, de corte parnasiano, dirigido a su graciosa amada rubia, y juega con diversos elementos relativos a la elegancia natural de la “duquesa”, quien, sin serlo, es tratada como si formara parte de la aristocracia. Nada más alejado del poema rural de Pezoa Véliz. Teodorinda es una hermosa y apetecible campesina chilena, de “pierna maciza” y “como la tierra, joven y ardiente”. Pero el poema no se agota en la mera descripción criollista. De inmediato se transforma en una protesta sobre el acoso sexual al que los patrones someten a las campesinas. Teodorinda resulta ser “un bocado que el tiempo guisa / para las hambres de su señor”.

Lo que sí aprendió Pezoa Véliz en “La duquesa Job” fue la preferencia de Gutiérrez Nájera por las rimas ricas, especial­mente las rimas agudas raras. Por ejemplo, cuando el modernista mexicano junta “Paul de Kock” con “five o’clock” o “coñac” con “crac”. Pero esto se percibe mejor en otro poema de Pezoa Véliz; “El pintor Pereza”, donde hace que rimen “block” con “ad hoc” y “coñac” con “tic‐tac”.

Cabe destacar la habilidad de Pezoa para el diseño de cuadros costumbristas de la intimidad familiar o del espacio público. “Al amor de la lumbre” y “Vida del puerto” pueden ilustrar esta acota­ción. Igual­mente significativo es su aporte a la gale­ría de personajes típi­cos chilenos, entre ellos la ya mencionada Teodorinda, los hermanos Pancho y Tomás, Juan Pereza y don Timorato, además de los “pobres diablos”, el lustrabotas, y los numero­sos campesinos y proleta­rios anó­nimos que pone en escena.

Una línea de la poesía de Pezoa Véliz que en cierto modo ha sido minimizada por la crítica, es la de la ironía y el humor, emplea­dos para fustigar diversos males de la época en que vivió el poeta. No obstante, hay textos cuya vigencia social se mantiene hasta el día de hoy: “Crimen de la calle del Puente”, que denuncia la desigualdad ante la justicia; “Don Timoratos”, sobre las limita­ciones de la caridad; o “Menú parlamenta­rio”, en el que unos ratones parlamentan y se alimentan con los documentos del Congreso.

Si, como dijo alguien, un poeta escribe cientos de poemas con el sólo propósito de legar dos o tres a la pos­te­ridad, es evidente que Pezoa Véliz sobrepasó esa meta. “Tarde en el hospital”, “Nada”, el soneto “Mancha”, “Al amor de la lumbre”, “Entierro en el campo”, “El pintor Pereza”, y algunos más, podrían integrar cualquier anto­logía exigente.

En estos años de arrogancias, en los que algunos decla­ran que la poesía chilena empieza (o termina) con ellos, es bueno recordar que nuestra tradición se origina mucho antes de la vanguardia y de la posvanguardia, y que en esa tradición la poesía de Car­los Pezoa Véliz es un hito fundacional. Al día siguiente de la muerte del poeta, uno de los redactores del Dia­rio ilustrado escribió: “Hoy sus íntimos lleva­rán su cadáver al Cementerio. Mañana nadie se acordará de él”. El tiempo ha demostrado lo contra­rio.

 

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