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LOS RASCACIELOS EN LA NOCHE ESCONDEN SU ESTRUCTURA

Portada-Rascacielos[5](Por Óscar Petrel, abril de 2009).

Sabía­mos de Enrique Winter en Concepción. Nos preguntá­ba­mos, en las afue­ras de la Facultad de Humanidades y Arte por las Ediciones del Temple. Ellos habían publicado a Alexis Figueroa y Damsi. Este gesto nos llamaba la atención. Nos imaginá­ba­mos una oficina en un edificio de Santiago, cosas así, de editoriales grandes, Winter seleccionando una próxima publica­ción, llamando por teléfono a algún poeta mexicano.

Ya viviendo en Valparaíso, Priscilla me comentó sobre el lanzamiento de Higiene, libro de Ernesto González Barnert, publicado bajo el sello de Ediciones del Temple. Esto hace ya más de un año. Fui a la sala El Farol. Presentaba el libro el poeta Juan Cameron quien en el brindis miraba a todos como pájaro enjaulado. Luego fue el vino con frutilla y las cervezas de litro en el Bitácora. Winter hablaba con uno de sus colegas sobre ciertas directrices de la Editorial. Yo era el espía o el asesino, el recién llegado en búsqueda de una coartada. Veía como si fuera un naipe, la poesía de Concepción y la de Valparaíso.

Unos meses después: el Salón Rojo de La Piedra Feliz. Enrique levantaba su Rascacielos. Sergio Muñoz realizó un espectacular tratado de arquitectura poética que versaba sobre los edificios presentes en la literatura. La lectura de los poemas de Rascacielos la rea­liza­ron sus amigos. No sé si fue a la semana después que cruza­mos unos correos. Nos llama­mos por teléfono o algo parecido. El asunto es que nos vimos senta­dos tomando café en la Universidad Católica. Le propuse a Enrique presentar su libro en Concepción. Tenía los contactos, alojamiento y todo. Nada de lo que pacta­mos y de lo que le propuse resultó. Digo entonces, que de ese primer fracaso rotundo, resultó nuestra amistad.

Triple X

Por esos días dieron el resultado del XXX Concurso Nacional de Arte y Poesía Joven. El gana­dor fue Andrés Urzúa. Nosotros éramos las menciones honro­sas. Hubo fotos y diplomas grandes. Brinda­mos con Juan Cameron y Ennio Moltedo. Recuerdo que leí­mos mal en La Sebastiana, digo, de una manera extraña. Ya de noche, finalizando todo, nos fuimos al Coyote. Yo pedí un trago amargo que se llamaba Ulises. Winter pidió un trago que se llamaba 007. Después nos fuimos a bailar al Máscara. Desde una esquina nos reía­mos con Andrés
de la facilidad con que Enrique sacaba a bailar. My name is Winter, Winter Bond.

Todo esto, hasta hace unos días atrás en el cumpleaños de Priscilla Cajales. Hablá­ba­mos sobre la necesidad del encuentro nacional de poesía, del encuentro nacional de poetas y poéti­cas, del encuentro nacional de astros cometas y cuetones, todo esto como una forma implícita de preguntar­nos si somos o no somos amigos o algo así.

Los rascacielos en la noche esconden su estructura

Los departamentos de Rascacielos están articula­dos en base a la búsqueda de la imagen por sobre la búsqueda de las metáfora o el uso retórico del lenguaje. Poesía que se vuelve contempla­ción del instante, imagen fílmica, guión poético de marginalidades y amores contraria­dos, de cumbias a todo chancho y papeles de ricolate, de camas compartidas, cassette y novias letales. De fondo, el mismo paisaje del viaje que todos vemos por la ventana del bus. Escritura que se vuelve lúcida al devenir en voces ajenas. Delicado filo por donde Enrique transita bebiendo whisky y vino en caja, sin que por ello caiga en alguno de los dos acantila­dos. Un rascacielos donde habitan personajes tris­tes y solita­rios que sin embargo aceptan su pobla­ción y su (des)amor con dignidad de sobreviviente.

Los rascacielos en la noche esconden su estructura. Se ven única­mente las ventanas infinitas, el juego de la noche fabulosa. Pero este juego tiene dos formas: oscuridad y luz. Metáfora de la realidad final­mente, donde el hablante adquiere un tono reflexivo, revela­dor de aquello que toda imagen silencia, su forma contraria que la constituye.

Es por eso que el libro se vuelve documental, o película basada en los 90. Registro poético‐visual de un viaje que nos vuelve a recordar las problemáti­cas sociales que nos son o que nos fueron comunes. Quiero decir con esto que pode­mos leer en Rascacielos un registro de época chilena. Un sólido rascacielos de los 90.

¿Cómo se ve ahora? Se ve como un clásico edificio en el centro de la ciudad, que se diferencia tan bien de las construcciones posmodernas o post‐kitsch, ciberespaciales y con loft tan vigentes en las nuevas poéti­cas en estos días. Ahí Winter y su Rascacielos. Por los materiales que contiene la estructura, se hace difícil de demoler.

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