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POESÍA Y NEGOCIOS por Dana Gioia. Traducción de Marcelo Rioseco

All content ©2009 Dana Gioia unless otherwise noted.

LA SITUACIÓN

“El dinero es una forma de poesía”, escribió Wallace Stevens, Vice‐Presidente de Hartford Accident and Indemnity Company, abogado societa­rio, experto en bonos de garantía y, casi accidental­mente se podría decir, uno de los más grandes poetas de Esta­dos Unidos. Es una pena que Stevens no haya hablado de este tema, con certeza sabía mucho de ambos lados de la ecua­ción como cualquier hombre de su época. Pero, es significativo que Stevens, quien pasó la mayor parte de su tiempo trabajando en una empresa, nunca hiciera la menor mención a los negocios o las finanzas en ninguno de sus poemas o en artículos de crítica literaria.

A primera vista parece extraño que un escritor tan prolífico hubiera mantenido medio siglo de silencio acerca de su vida personal. Su personalidad debe ser parcial­mente responsable de este hecho. Pocos hombres, y aún menos poetas, han probado ser tan reticentes como Stevens a la hora de hablar de su vida privada. Pero su personalidad es sólo una parte del problema. El silencio de Stevens no fue real­mente inusual visto en el contexto de la poesía americana. Han habido muchos poetas americanos importantes que trabaja­ron ¾por necesidad o elección personal¾ en áreas relaciona­das con los negocios, pero ninguno de ellos ha visto en esta experiencia algo de lo que se pudiera escribir.

Otro poeta americano, T.S. Eliot, pasó la década más productiva de su vida trabajando en el Departamento Internacional del Lloyd Bank. Lo más cerca que llegó a estar de escribir acerca de su trabajo son estas líneas de la Tierra baldía.

At the violet hour, when the eyes and back
Turn upward from the desk, when the human engine waits
Like a taxi throbbing waiting…

A la hora color violeta, cuando del escritorio

alza­mos los ojos y las espaldas, cuando la humana máquina aguarda
como un taxímetro espera palpitando…

Apenas una afirma­ción. Sin embargo, estas líneas resumen todo lo que la poesía americana contemporánea tiene que decir acerca del mundo de los negocios ¾ su tedio, aislamiento e impersonalidad.

La poesía americana ha definido los negocios principal­mente a través de la exclusión. Los negocios no existen en el mundo de la poesía y, por consiguiente, los negocios se han transformado en todo lo que la poesía no es ¾ un mundo sin imagina­ción, ilumina­ción o percepción. Es el universo del cual la poesía está tratando de escapar.

Los poetas americanos contemporáneos han escrito maravillo­sa­mente acerca de bicicletas, marmotas, ropa recién

Dana Gioia

Dana Gioia

lavada puesta a secar, tarjetas de béisbol y pos­tes telefóni­cos. Uno de los mejores poemas de Randall Jarrell describe un supermercado. Elizabeth Bis­hop ha escrito conmovedora­mente acerca de un atlas, y Robert Lowell sobre cómo acostumbrarse a un par de lentes contactos. James Dickey encontró una manera de poner ani­males en el cielo, y Ezra Pound colocó en el infierno a muchos de sus conocidos litera­rios de Londres. Sodomía, incesto y pedofilia han sido domestica­dos por nuestra dominante musa nacional tan fácil­mente como zorrillos, armadillos, sapos saltarines, y al menos, un jabalí verrugoso. Sin embargo, de alguna manera, esta misma tradición poética ha sido incapaz de ver dentro de las paredes de las oficinas de las corpora­ciones y ver con la misma intensidad lo que cuarenta millones de americanos hacen durante la semana laboral. Frecuente­mente parece ser una poesía de la excepción más que de la regla. Nuestra poesía, en breve, raras veces se las tiene que ver directa­mente con las instituciones públi­cas que dominan la vida americana o con las situa­ciones que cada vez más la caracterizan. Si nuestra poesía llega a reconocer los negocios, lo hace reduciendo esta enorme y diversa empresa nacional en una pocas imágenes pasa­das de moda heredades de las películas ¾las chimeneas de las industrias echando humo, el magnate panzón que le da una chupada a su cigarrillo, los personajes de Char­les Chaplin subvirtiendo la línea de ensamblaje y para el verdadero au courant, el hombre ejecutivo, vestido de franela gris yendo de carrera a un almuerzo de negocios en Madison Avenue. Todas son imágenes vistas sólo desde afuera. Para la poesía americana lo que pasa en Wall Street o en Wils­hire Boulevard parece tan remoto como un Zembla cercado por el hielo. No, más remoto todavía, Zembla ha tenido admira­dores recientes.

Decir todo esto no es tanto para criticarlo como para observarlo y, yo creo observarlo imparcial­mente. El mundo de los negocios, incluyendo a las grandes corpora­ciones, que para bien o para mal han cambiado la estructura de la vida americana en los últimos cincuenta años, está notable­mente ausente en el enorme corpus poético escrito en este siglo. Mientras que esta omisión es apenas causa de alarma o incluso de pesar, cierta­mente merece ser notada.

Esta exclusión es especial­mente desconcertante cuando uno recuerda que una importante y recurrente afirma­ción de la poesía americana contemporánea ha sido su declarada habilidad para manejarse en todos los aspectos de la vida moderna. Todo ¾los críti­cos han insistido en esto por déca­das¾ es materia apropiada para la poesía moderna. A diferencia del arte del pasado, la poesía contemporánea no excluye nada. Nuestros poetas han anunciado frecuente­mente su indiscriminada apertura para experimentar todo lo que rodea y abarca América. La más sucinta de estas confesiones apareció en el libro At the End of the Open Road (1963) del gana­dor del premio Pulitzer Louis Sim­psom. Instructiva­mente, el poema se titula “Poesía Americana”. El poema completo dice:

Whatever it is, it must have
A stomach that can digest
Rubber, coal, uranium, moons, poems.

Like the shark, it contains a shoe.
It must swim for miles through the desert

Cualquier cosa que sea, debe tener

un estómago que pueda digerir

caucho, carbón, uranio, lunas, poemas.

Como el tiburón que tiene un zapato dentro de él

debe nadar millas y millas a través del desierto.

Un poema corto, pero brillante. Como la mayoría de las discusiones de nuestros genios locales, el poema es más prescriptivo que descriptivo. Les guste o no, ciertas comidas van mejor con ciertos estómagos. La poesía americana le ha sido siempre más fácil digerir poemas que el caucho o el carbón, y ha encontrado incluso al ejecutivo más adobado difícil de digerir. Aunque la poesía americana se ha propuesto hablar del mundo, final­mente ha terminado hablando de ella misma.

FORMAS DE SOBREVIVENCIA

Reading over this account of a literary apprentices­hip,

I find that it often mentions very small sums of money.

There is good reason for the mention, considering that money

is the central problem of a young writer’s life, or of his staying alive.

–Mal­colm Cowley, And I Worked at the Writer’s Trade

Leyendo estas explica­ciones acerca del aprendizaje litera­rio,

encuentro que con frecuencia se mencionan sumas de dinero muy pequeñas.

Hay una buena razón para mencionar el dinero, considerando que el dinero

es el problema central en la vida de un joven escritor o de su manera de sobrevivir.

–Mal­colm Cowley, And I Worked at the Writer’s Trade

Pocos críti­cos, sospecho, se darán cuenta de la ausencia de los negocios en la poesía americana moderna. Ellos creen que esta omisión es probable­mente algo que corresponde hacer. El mundo del comercio parece ser más el territorio de los novelistas que de los poetas, refleja un mundo de experiencia común, no el de las experiencias particula­res y priva­das que supuesta­mente están en el centro de la poesía. Si presiona­mos un poco, ellos podrían argumentar que esta omisión también proviene del origen de nuestros mejores poetas. Los críti­cos asumen que pocos poetas tienen mucha experiencia en el mundo de los negocios, de manera que ¿cómo podrían escribir acerca de ese tema con algún inte­rés o autoridad?

Nosotros, los americanos, tene­mos enormes prejuicios en contra de los poetas. Los poetas deben ser gente fuera de lo ordina­rio, fuertes, incluso excéntri­cos. La mayoría de ellos son vistos o como eruditos o como vagabundos, los Longfellows o los Whitmans, los Allen Tates o los Allen Ginsbergs. Las artes popula­res están repletas de este tipo de imágenes. Conside­re­mos la chica de los ojos soña­dores Leslie Howard deambulando por América con una mochila en Petrified Forest. En un grado sorprendente, incluso las artes más serias comparten estos estereotipos ¾el testigo en Humboldt´s Gift de Bellow, las fotos de Jarrell saca­das de A Institution, el libro Pale Fire de Nabokov y varias novelas beats. Tanto los académi­cos como los bohemios son percibidos como gente que vive fuera del sistema económico y social que caracteriza a nuestro país, se han aislado, usual­mente por propia elección, de la vida diaria de la clase media americana. Y nosotros hemos sido entrena­dos para respetar­los por hacer esta separa­ción.

Una anécdota servirá para resumir el típico conocimiento que se tiene acerca de la rela­ción entre poetas y negocios. El hermano de Allen Tate, Benjamin Nat­han Tate, fue un magnate hecho a pulso. Formó dos compañías de carbón en Cincinnati llegando a pertenecer a varios de los directorios de grandes corpora­ciones, incluyendo Wester Union. Cuando Allen Tate se fue de Vanderbilt en 1922, Benjamin decidió comenzar una carrera en el mundo de los negocios para su hermano Allen dándole un trabajo en una de las oficinas de sus compañías de carbón. “En un día le hice perder a la compañía $700 despachando un cargamento de carbón a Duluth, el cual tendría que haber ido a Cleveland”, explicó Tate después. Benjamin muy pronto estuvo de acuerdo que Allen debía buscar una carrera literaria. La moraleja es fácil de establecer. El poeta es una persona poco práctica, un tipo soña­dor, incapaz de mantener un trabajo real. Demasiado aburrido con los negocios como para ponerle atención a los detalles más bási­cos de un trabajo, el poeta no puede ser nada más que un poeta.

Pero estos estereotipos no resisten un aná­lisis más detallado. A menudo los poetas americanos han emergido de los luga­res menos pensa­dos, incluyendo las mismas empre­sas. Stevens no es la inexplicable excepción que otros cree­rían afirmar que es. Mejor dicho, él es la figura ejemplar para cierto tipo de poeta americano, un tipo que él ni siquiera creó.

Aunque uno piensa ahora en Stevens como el típico poeta‐hombre de negocios, el mismo Stevens habría mirado atrás para encontrar en Edmund Clarance Stedman su modelo. Stedman, ahora un poeta olvidado, fue quizás el crítico y antologa­dor de poesía más influyente en el penúltimo cambio de siglo en América, y su trabajo tenía todavía una poderosa presencia durante la juventud de Stevens. Nacido en 1833 en el adoptivo Hartford de Stevens, Stedman entró a Yale a los dieciséis años sólo para ser expulsado después de su gradua­ción (aunque en esa dulce ironía que acompaña la carrera de los poetas, veintidós años después la Universidad los premió con un grado honora­rio). Después de varios intentos fracasa­dos como periodista, Stedman llegó a Wall Street en 1863, donde muy rápida­mente abrió una firma de corretajes. Su carrera financiera así como su carrera poética prospe­ra­ron al mismo tiempo. En su propia poesía Stedman fue un destacado vocero de la tradición literaria llamada «Genteel», pero en sus trabajos de crítica literaria exhibió una amplia capacidad para apreciar otras corrientes poéti­cas, al cual encontró su más completa expresión en la colección definitiva de An American Ant­hology (1900), la cual celebraba el tercer siglo de la nación definiendo poética­mente los logros del pasado histórico. Cuando estaba en la ciudad presidía la vida literaria de New York, fuera de ella, en su casa de campo, en la colonia recién establecida en Bronxsville, él entretenía con sus reminiscencias de Whitman a poetas jóvenes y desconocidos como el poeta E.A. Robinson. Stedman murió en la cúspide de su fama y prosperidad en 1908.

Stedman ha tenido muchos sucesores más allá de Stevens y Eliot. Richard Eber­hart fue por muchos años uno de los jefes ejecutivos de la compañía Butcher Polish Company en Boston y estuvo en el directorio de la empresa junto a todos los otros directores. El último L.E. Sissman fue director y eventual­mente Vice‐presidente de Kenyon and Eckhart, una agencia de publicidad de Boston donde trabajó en las cuentas de industrias financie­ras y de alimentos. Incluso el último Archibald MacLeish, abogado de profesión, pasó una década como editor de Fortune, la revista más grande de negocios de los treintas y cuarentas en Esta­dos Unidos.

A. R. Ammons, quien ganó el Premio Pulitzer, el Bollingen Prize, el Nacional Book Award, y el Nacional Book Critics Circle Award en poesía, era un vendedor para un fabricante científico de vidrio en New Jersey cuando su primer libro apareció. Había abandonado la pedagogía en una escuela elemental unos años antes y se había incorporado al departamento de ventas de la compañía de su suegro, Friedrich and Dimmock, Inc. “Era el aislamiento total”, después recorda­ría. Pero cuando él tenía negocios de ventas en el área de Paterson se las arreglaba para visitar al inválido Williams Car­los Williams y sacarlo a dar ocasional­mente una vuelta en auto. Ammons pasó diez años en los negocios antes de abandonar la enseñanza en la Universidad de Cornell.

A los treinta, James Dickey también abandonó su carrera como profesor por un exitoso periodo en los negocios. Se incorporó a la agencia de publicidad McCann‐Erickson en New York en 1956 como redactor subalterno para la recién adquirida cuenta de Coca‐Cola. Cuando la compañía trasladó la cuenta a su oficina de Atlanta, Dickey fue ascendido y trasladado junto con ella. Tres años después, habiéndose ya establecido en su nueva profesión, se cambió de agencias para aumentar de sala­rio y responsabilidades, llegando a ser jefe de una pequeña agencia en Atlanta. Dos años después Dickey hizo otro salto en su carrera, esta vez para ser director creativo de Burke Dowling Adams, la agencia de publicidad más grande de Atlanta. Mientras hacía su carrera en el área de publicidad, Dickey también publicó su primer libro Into the Stone and Other Poems con el cual ganó una beca Guggen­heim y lo inspiró para abandonar los negocios y dedicarse a escribir.

Robert Phillips también abandonó la academia por la publicidad. Después de seis años de haber estado haciendo cla­ses, Phillips se incorporó al departamento creativo de Benton & Bowles como redactor de anuncios en 1964, después se trasladó a McCaan‐Erickson y Grey Advertising antes de convertirse en vicepresidente de J,. Walter Thom­pson, la agencia doméstica más grande de América, donde él era responsable de las enormes cuentas de Ford Motor y Eastman Kodak. A comienzos de sus cuarenta años, David Ignatow pasó ocho años ayudando a manejar Enterprise Bookbinding Company, una empresa familiar. Después de la muerte de su padre se transformó rápida­mente en presidente de la firma antes de liquidarla. Ignatow entonces aceptó otros dos trabajos en la industria de impresiones antes de recibir una beca Guggen­heim, la cual eventual­mente lo llevó a hacer cla­ses.

Hay muchos otros ejemplos. El último Richard Hugo pasó 13 años trabajando para la Boing Company en Seattle hasta la publica­ción de su primer libro le significó una oferta para enseñar literatura. En 1964, Ted Kooser dejó la Escuela de Postgrado en la Universidad de Nebraska y aceptó un trabajo temporal en Lincoln Benefit Life. Él siempre ha trabajado allí, primero como escritor asistente de seguros y luego como ejecutivo de marketing. William Bronk manejó una empresa familiar de made­ras y una compañía de gasolina en la parte norte de New York. R.M. Ryan trabajó como corredor de bolsa en Milwaukee. Richard Grossman pasó cerca de diez años trabajando para Gelco, una empresa familiar de présta­mos en Minneapolis. James Weil también ayudó a manejar un negocio familiar por muchos años en conjunto con el desa­rrollo de una imprenta privada que publicaba literatura. Terry Kistler, ex‐presidente de Poets&Writers, manejaba una firma de inversiones. James Autry, el presidente del grupo de la revista Meredith Corporation, es autor de dos libros de poesía. El último Ronald Perry fue director de publicidad y rela­ciones públi­cas de Outboard Marine International. Art Beck, el misterioso poeta de San Francisco, es el seudónimo de un banquero local. Si uno también agrega a los poetas que han ejercido como aboga­dos (una destacada carrera que en más de una forma está más cerca de la academia que los negocios), encontra­mos a Melville Cane, Archibald MacLeish, y Lawrence Joseph y la lista podría ser bastante más larga. Hay indudable­mente muchos otros poetas‐empresarios desconocidos para mí.

También ha habido algunos hombres de negocios que intenta­ron escribir poesía. El más notable es Hyman Sobiloff. Un gran filántropo, pero como poeta era zalamero y sentimental. Soliboff perteneció al directorio de una media docena de grandes empre­sas y debe haber tenido un ingreso anual supe­rior al de los veinte mejores poetas americanos en conjunto. También ostenta la curiosa distinción de ser el único poeta americano nominado para un premio Oscar. Sobiloff, sin embargo, reconoció que su escritura era menos que perfecta y les pagó a Conrad Aiken, Anatole France y al último Delmore Schwartz para que les die­ran cla­ses de poesía semanal­mente aunque tenía que estacionar su limosina a la vuelta de la esquina para no enfurecer a Schwartz.

Hubo al menos una media docena de importantes poetas americanos, y poetas menores también, que además fueron hombres de negocios. Aunque este es un dato intere­sante en sí mismo, también requiere de un examen cuidadoso, pues su estudio nos puede conducir a un lugar equivocado. Las excepcionales carre­ras que estos poetas persiguieron mientras su escritura estaba en tan agudo contraste con la mayoría de las carre­ras “literarias” convencionales de sus contemporáneos nos puede llevar a pasar por alto las semejanzas. Para ambos, las vidas y los trabajos de estos hombres de negocios tienen mucho más en común con el canon de la poesía americana de lo que uno podría imaginarse. Primero hay que notar que ninguno de ellos escogió hacer una carrera en los negocios. Ini­cial­mente todos ellos intenta­ron alguna carrera literaria convencional. Eliot estudió filosofía y entonces, como Dickey y Ammons, hicieron cla­ses por un periodo de tiempo relativa­mente breve. Eber­hart estudió en varias universidades y después se convirtió en tutor privado del hijo del rey de Siam. Phillips fue funciona­rio administrativo y profesor. Pero, rápida­mente, debido al agotamiento, al fracaso, a la falta de afecto o a la pobreza todos estos poetas deja­ron sus voca­ciones por los negocios. Los negocios fueron la alternativa más conveniente que la sociedad les ofreció cuando sus tempranas ambiciones literarias se frustra­ron. Ellos hicieron lo que sus familia­res y sus familias directas probable­mente llama­ría una elección sensata.

Que la poesía fue la voca­ción más duradera en la mente de estos hombres tiene una importancia que va más allá de cualquier exactitud biográfica. Es un elemento necesa­rio para entender su desa­rrollo como poetas. Cuando uno ve cómo estos hombres cultos han profesado su adhesión a la poesía desde su juventud, es obvio que resulta ingenuo y mal informado describirlos como seres primitivos que salen de los oscuros bosques de la vida empresarial para hablar repentina­mente en la lengua de los hombres y los ángeles. Muchos críti­cos han expresado una suerte de inocente asombro al constatar que ciertos hombres de negocios pudie­ran escribir poesía, para no mencionar el caso de aquellos que escribieron buena o excepcional poesía. De muchas mane­ras distintas la imagen pública de Stevens y Dickey han sido especial­mente distorsionada por este tipo de visiones. Y es muy fácil saber por qué. El contraste que existe entre el hombre de negocios de día y el poeta de noche es de por sí intere­sante. Todos disfruta­mos de las historias de vidas dobles e identidades secretas. Los niños tienen a Superman; los poetas, a Wallace Stevens.

Incluso los mejores críti­cos han encontrado imposible evitar el sensacionalismo cuando se encuentran con la paradoja de un ejecutivo de seguros que en su casa escribe la poesía modernista más intransigente de la época. Habría que haber sido testigo del regocijo de niño mal­criado de Delmore Schwartz cuando ini­ciaba una discusión sobre la poesía de Stevens con la descripción de la oficina de este último. Pero, ¿no era el don de Stevens para crear ficciones de una calidad supe­rior mientras trabajaba en Hartford más sorprendente que la habilidad de Ezra Pund para escribir majestuo­sa­mente acerca de la belleza de la vida mientras estaba detenido en un campo de concentra­ción en Pisa? La trayectoria de la carrera de Stevens, como la de otros poetas que fueron hombres de negocios, fue apenas inusual. ¿Fue tan sorprendente que un hombre educado en Harvard, ex editor de Advocate e incipiente escritor en New York, se convirtiera en uno de los más grandes poetas americanos? Más bien parece ser el background clásico de los poetas de esa genera­ción. Lo que fue más extraño en Stevens no fue su trabajo, sino que más bien que nunca visitara París o Roma, considerando que la mayoría de los vicepresidentes de las grandes corpora­ciones lo hacen.

Para algunos poetas americanos, en consecuencia, los negocios no son más que una manera de sobrevivir. Hay que considerar que no era la carrera que ninguno de ellos original­mente deseaba, pero que sí les ayudó a financiarse mientras la otra, más difícil aún, se hacía realidad. Deje­mos a los ingenuos pensar que ese respaldo que necesita­ban era sólo financiero. Cierta­mente un trabajo en el mundo de los negocios ayuda a pagar las cuentas, pero proporciona a cada poeta algo más que dinero. Al menos, en apariencia, les da una dirección en la vida, les proporciona una sensa­ción de lugar y un propósito en la sociedad. También les proporciona logros tangibles: aumentos, promociones, pensiones, en contraste con lo que parecen ser los objetivos inalcanzables de la vida artística. (Observen el orgullo con el que Eliot recibía cada una de las promociones en el Departamento Internacional del Lloyd Bank en sus prime­ros años en Londres). Las rutinas de la vida de oficina puede ser anestesiante, pero esta misma situa­ción tenía sus ventajas para un poeta. La rutina que cada trabajo impone en la vida lo ayudaba a paralizar la ansiedad que sentía entre poemas, en esos secos y largos periodos cuando parecía que nunca volve­ría a escribir. Un trabajo es más tangible que el talento. No se desvanece tan rápida y abrupta­mente como la inspira­ción suele hacerlo. En resumen, los negocios le proporciona­ron a estos hombres la misma seguridad y satisfacción que muchos de sus contemporáneos halla­ron haciendo cla­ses. Los poetas jóvenes escogen entre estas dos opciones buscando las mismas recompen­sas. Cual dirección toman es final­mente un asunto de temperamento y valores.

LA PRIMERA VOZ

The first voice is the voice of the poet talking to himself — or to nobody.

La primera voz es la voz del poeta hablando consigo mismo¾ o con nadie.

T.S.Eliot, “Las tres voces de la poesía”

Stevens, Eliot, Ammond, Dickey y otros poetas componen un grupo extremada­mente diverso. Divergen tanto en el tipo de empre­sas para las cuales trabaja­ron como el tipo de poesía que escribieron. Vienen de distintas partes del país y de diferentes estamentos de la sociedad. Comparten afinidades espirituales y literarias que no resultan obvias. Sus carre­ras exhiben muy pocas similitudes, excepto que todos ellos escribieron poesía mientras trabaja­ban en negocios. Aún así, si uno estudia la vida de los poetas con la informa­ción biográfica disponible, comienzan a aparecer curio­sas semejanzas.

Todos estos poetas fueron exito­sos en sus carre­ras como hombres de negocios y rápida­mente logra­ron un standard de vida seguro y confortable. Aunque una vez que logra­ron un cierto nivel de fama, renuncia­ron a sus trabajos ejecutivos (todos excepto Stevens para quien la fama llegó mucho más tarde en su vida). Y final­mente lo más significativo, aunque todos ellos escribieron mucho de su mejor trabajo cuando estuvieron emplea­dos como hombres de negocios, ninguno de ellos tuvo nada que decir acerca de sus experiencias en esos trabajos, al menos en lo que respecta a la poesía que escribieron. Aunque sus vidas laborales podrían haber tenido una importante influencia en el curso último de sus escrituras, esta influencia jamás se manifestó directa­mente. Ellos mantuvieron un desin­tere­sado silencio acerca de la vida laboral diaria. La poesía confesional puede ser el modo dominante en la tradición de la poesía americana y aunque ésta tiene las puertas abiertas al estudio del poeta, a su habita­ción, se mantiene lejos de su oficina ¾a menos que la oficina se encuentre ubicada en el Departamento de Inglés de alguna universidad.

Dado el poderoso y frecuente­mente personal modo que tiene la mayoría de la poesía americana, es impresionante que estos hombres no usa­ran las imágenes y situa­ciones provenientes de la vida diaria, lo que Marianne Moore denominaba “el material crudo” de la poesía (la cual, como ella misma señaló temprana­mente en el mismo poema, no debe­ría “discriminar en contra de los documentos bursátiles”). Esta aversión a usar esa parte de sus vidas es una indica­ción de cuán fuerte­mente las modas impe­rantes en la poesía americana han determinado qué debe escribirse, incluso a los poetas mejor dota­dos. También prueba la presunción de Northrop Frye que dice que lo que escribe cada poeta proviene con más frecuencia de la misma poesía más que de la experiencia vital. Y final­mente, la actitud reservada y taciturna de estos poetas sugiere que en el proceso creativo de estos escritores/hombres de negocios hay una forma de censura que con frecuencia determina qué y cómo el poeta debe escribir.

La inhabilidad de estos poetas y hombres de negocios para escribir acerca de sus vidas profesionales es sintomático de un fracaso más grande del verso americano¾a saber, su dificultad para discutir la mayoría de las preo­cupa­ciones públi­cas. Si los negocios son inexistentes como material poético, hay también una sorprendente insuficiencia en la poesía seria acerca de los grandes temas políti­cos y sociales. No sólo nuestra poesía no ha sido incapaz de crear un idioma público significativo, sino que incluso carece de la mayoría de los elementos con los cuales ese idioma podría ser formado. En el presente, la mayoría de la poesía americana tiene poco que ver con el mundo fuera de la literatura¾no hay un sentido recíproco de una misión, no hay un conjunto de ideas y preo­cupa­ciones mutuas, no se comparten estructuras simbóli­cas, ni se traslapan sentimientos o misma tradición. Frecuente­mente, parece que los dos mundos ¾el poético y el del mundo real¾ ni siquiera comparten el mismo lenguaje. En su máxima expresión, nuestra poesía ha sido más privada que pública, más íntima que social, más ideo­lógica que política. Ha discutido luga­res simbóli­cos más que luga­res reales, incluso cuando le ha dado nombres reales a esos símbolos. Se asienta con más facilidad en luga­res sin tiempo, eternos, que en luga­res históri­cos. Por muchas razones ¾algunas de ellas convincentes¾ la mayoría de nuestros poetas han rechazado el habla vernácula del hombre educado y han tratado de desa­rrollar notable­mente sus propios lenguajes personales y, con frecuencia, sus propios lenguajes priva­dos.

Mucho se ha ganado en este proceso de refinamiento ¾una mayor precisión e intensidad en el lenguaje, rigor intelectual y una sorprendente originalidad. Pero mucho se ha perdido también. Una de esas cosas es el público del poeta. Pero, mucho antes de que el público des­a­pareciera, una cosa más importante había sucedido: el poeta había perdido el sentido para dirigirse al público, había perdido la creencia que él (el poeta) y el público tenían algo significativo en común. El fracaso de esta certeza cambió todo lo que el poeta escribiría más tarde. Todavía pueden haber presenta­ciones públi­cas de manera ocasional o éxito popular, pero ellos parecen ser ocasionales en el desa­rrollo general del arte. Los lectores de poesía todavía existen, pero ya no como un grupo cohesionado e importante. Tampoco importan desde un punto de vista económico. Son demasiado pocos y están demasiado aisla­dos para premiar al poeta con riqueza o fama. A veces el público parece existir a pesar del poeta o el poeta a pesar del público.

Paradójica­mente, el poeta que está en los negocios ha prospe­rado en este abandono. Su trabajo, como el de los académi­cos, lo ha protegido de las consecuencias económi­cas de escribir sin un público. Incluso lo ha aleccionado en la manera de sobrevivir a la aliena­ción. Cada día la oficina le recuerda cuán ano­dina, en apariencia, es su vida espiritual. Si la escritura del poeta fuera conocida, sus socios en el mundo de los negocios segura­mente no vería más valor en esos esfuerzos poco lucrativos que los que ven sus compañe­ros poetas en un trabajo tan monótono. El poeta entonces es doble­mente descartado ¾por sus pares en ambas profesiones. Mientras tanto él está doble­mente ocupado en ambas profesiones. Si sobrevive como artista, será cierta­mente capaz de enfrentar el abandono de un público invisible sin mucha dificultad adicional. Si persevera como poeta, estará fundamental­mente escribiendo para él mismo, pero hacer esto para una audiencia tan exigente y agradecida tiene sus ventajas (aunque la fama y el dinero no están entre ellas). Escribir para uno mismo hace innecesaria la exposición autobiográfica. El poeta puede sumirse inmediata­mente en una idea particular o en una experiencia que le interese. La organiza­ción puede ser compleja; las ideas, difíciles; y el mundo simbólico, privado. No importa cuánto tiempo el poeta pueda seguirlos. Ellos pertenecen a un mundo privado que está en la cabeza del poeta. Sus poemas son como lo que Stevens describió en “El planeta sobre la mesa”:

Other makings of the sun

Were waste and welter

And the ripe shrub writ­hed.

His self and the sun were one

And his poems, alt­hough makings of his self,

Were no less makings of the sun.

It was not important that they survive.

What mattered was that they should bear

Some lineament or character,

Some affluence, if only half‐perceived,

In the poverty of their words,

Of the planet of which they were part.

Ariel está feliz de haber escrito sus poemas

Ellos habla­ban de un tiempo recordado

o de algo visto que él había disfrutado antes.

Otras crea­ciones del sol

fueron un desperdicio y una confusión

y la rama madura se retorció de dolor.

Su ser y el sol fueron uno solo

y sus poemas, aunque fueron escritos para él mismo,

no fueron infe­riores a todos esos soles.

No era importante que sobrevivie­ran

lo que importaba era que pudie­ran exhibir

algún rasgo de carácter,

alguna prosperidad, si sólo la mitad percibiera,

en la pobreza de sus palabras,

el planeta del cual ellos mismos son parte.

ALGUNAS CONCLUSIONES

Aunque Stevens encontraba tedioso cuando otros menciona­ban su doble carrera como poeta y como hombre de negocios, una tarde él mismo llamó la atención sobre este hecho y sobre la manera en la cual él lo manejaba. Louis Maratz, su anfitrión en el campus, recuerda: “…abrió su maletín y dijo, ‘Ahora ustedes pueden ver que todo está cuidado­sa­mente puesto aquí. En este compartimiento…están los seguros para los campesinos, acá, en este compartimiento está mi discurso y algunos poemas que deseo leer. Los mantengo completa­mente separa­dos’. En otras ocasiones, sin embargo, Stevens podría afirmar exacta­mente lo contra­rio, haciendo un énfasis en la ausencia total de divisiones en su carrera…

El propósito de este estudio hasta ahora ha sido cuestionar algunas de las presunciones que normal­mente se hace en torno a los poetas americanos y proponer unas poco ortodoxas preguntas acerca de la rela­ción entre vida y arte. La discusión se ha centrado en una curiosa colección de poetas modernos que han sido, al mismo tiempo, hombres de negocios ¾un grupo cuya existencia no ha sido previa­mente notada por ningún académico. Siendo riguro­sos a los hechos biográfi­cos y a los ejemplos textuales de estos escritores, se ha señalado ciertos rasgos inespe­ra­dos y se ha demostrado la dificultad para hacer juicios fáciles acerca de la inter­acción de estas dos carre­ras, la literaria y la de los negocios. El tema planteado en esta discusión, sin embargo, se extiende más allá de un pequeño grupo de poetas. En última instancia se trata de cómo sobrevive cualquier artista serio en el mundo moderno. Mirar a los poetas que trabaja­ron en el área de negocios enfoca simple­mente la discusión en uno de los más extre­mos y paradóji­cos ejemplos del alienado artista moderno. En futuras explora­ciones acerca de una gama de temas más amplia producida por este extraño grupo de individuos trataré de ana­lizar el problema general de los poetas americanos, quienes no pudiendo vivir de su arte, aún se las pueden arreglar para trabajar y desa­rrollarse.

Primero, es necesa­rio recapitular las preguntas claves que hemos presentado hasta aquí. ¿Cómo las carre­ras en el mundo de negocios afecta­ron la vida y el trabajo de los poetas aquí trata­dos? ¿Por qué estos hombres no escribieron nada acerca de sus vidas en el mundo laboral? ¿Qué cambios personales y artísti­cos experimenta­ron estos poetas durante los años que pasa­ron desempeñando trabajos que eran extraños, si no antagóni­cos, a su voca­ción como poetas? ¿Fueron estos trabajos sólo una manera de sobrevivir hasta que las fama por fin les diera alcance? ¿Se gana algo con segregar­los como un grupo distinto de escritores comparándolos con otros poetas cuyas vidas parecen más propias de un escritor? Estas son preguntas serias que cualquiera que examine de cerca la vida de estos poetas debe preguntar. Preguntas que en su mayor parte son imposibles de contestar directa­mente. Los hechos, como existen, apuntan hacia una casi absoluta separa­ción entre sus carre­ras en los negocios y sus vidas imaginativas. Pero, ¿es esto es todo lo que hay que decir al respecto? El sentido común instintiva­mente exige una rela­ción más directa entre vida y arte. Partes de la misma vida de un hombre no pueden ser separa­das tan fácil­mente como se lo aseguraba Stevens a Louis Martz. Mientras es completa­mente cierto que por muchos años estos poetas vivieron una vida estricta­mente dividida, también debe haber una conexión más profunda entre ambas carre­ras. Aquí el crítico debe transformarse en un especula­dor, usando no sólo su erudición y aná­lisis, sino su capacidad para inferir y su propia intuición. Mis conclusiones en este punto son tentativas y, por supuesto, subjetivas, sin embargo, la investiga­ción parece valer la pena. Los riesgos son a veces necesa­rios para alcanzar objetivos difíciles. Una ley tomada de las Inversiones permanece constante entre los negocios y la poesía¾mientras más alto es el riesgo, más alta es la potencial ganancia.

No hay necesidad de insistir en los des­afortuna­dos efectos que la carrera de negocios provocó en cada uno de estos poetas. Las dificultades personales que estos hombres enfrenta­ron son obvias. Sus carre­ras consumieron gran parte de su tiempo y su energía. Junto las con responsabilidades de una vida familiar (todos estos poetas eran casa­dos), sus trabajos los obliga­ron a leer y escribir en horas extrañas (muy tarde en la noche, los fines de semana o durante breves vaca­ciones), y probable­mente les impidió leer y escribir tanto como hubiesen querido. Tanto Stevens como Eliot se queja­ron de este impedimento, y es razonable asumir que uno podría escuchar quejas simila­res de Dickey, Ammons, Bronk, y otros si tuviera acceso a sus cartas y dia­rios personales. En los casos de Eliot y Stevens al menos, la presión que ejercía el hecho de que debían manejar dos carre­ras al mismo tiempo también puso una severa presión en sus propios matrimonios. Sus carre­ras en los negocios también los aisla­ron, en mayor o menor medida, de la sociedad de otros escritores, artistas e intelectuales. A menos que como Eliot, tuvie­ran la amistad de un Pound, en general estos poetas vivieron bastante en los márgenes del mundo litera­rio. Trabajando en oficios con hora­rios regula­res, no tenían la flexibilidad o el tiempo libre para participar completa­mente ya sea en la vida artística formal o informal de su época. Había poca libertad para viajar, dar lecturas, conferencias, editar revistas o anto­logías, aceptar invita­ciones como escritores en residencia en alguna universidad, o incluso tiempo para asistir a fiestas, festivales y conferencias donde los escritores frecuente­mente suelen ir. Los negocios convirtieron a estos poetas en outsiders del mundo litera­rio.

Estas son desventajas conside­ra­bles. Tiempo para pensar, tiempo para leer, tiempo para holgazanear y disfrutas de conversa­ciones inteligentes¾todas estas cosas son esenciales para que un escritor joven se desa­rrolle y es insensato pensar que sin estas cosas el desa­rrollo de un poeta no sufriría de alguna manera. Es difícil y poco estimulante escribir en aislamiento durante las pocas horas libres que se tienen después de trabajar todo el día en una oficina (o una sala de cla­ses). Cuán inconcebible acto privado de escritura debe haber sido para Stevens borronear poemas noche tras noche en la aburrida soledad de un suburbio de Hartford.

Desde otra perspectiva, sin embargo, estas poco propicias condiciones bien podrían ser ventajas. Por ejemplo, mientras se hacen negocios estos poetas pueden estar fuera del mundo litera­rio, pero, al mismo tiempo, los protege de él. Trabajar obvia­mente los ayudó económica­mente, les dio un ingreso independiente de su escritura, liberándolos de la mayoría del trabajo pesado de la literatura. No tenían que escribir reseñas sobre libros poco intere­santes, redactar conferencias, enseñar cla­ses que no desea­ran o tratar de vender rápida­mente cada poema y cada ensayo que escribie­ran. Ellos podían darse el lujo de elegir qué escribir y dónde publicar.

Un outsider tiene otra ventaja. Mientras él siente una intensa presión para probarle él mismo como escritor a la gente que él percibe ¾correcta o incorrecta­mente¾ como “insiders” (editores, articulistas, académi­cos, escritores autofinancia­dos), él tiene la ventaja de poder establecer su propio ritmo. Paradójica­mente este hombre doble­mente ocupado disfruta de un tiempo libre que los poetas profesionales tanto dentro como fuera de la Academia no tienen. Los outsiders pueden esperar, sin embargo, mucho tiempo hasta madurar como escritores, mientras que el poeta profesional debe tratar de acelerar el proceso. De ahí que Stevens pudiera esperar hasta los cuarenta y tres años para publicar Harmonium, quizás el primer libro más notable en toda la poesía americana, y darse el lujo de pasarse trece años en silencio para volver a publicar una segunda colección de poemas. Ammons se dio una década de silencioso crecimiento entre la publica­ción de su primer libro impreso en una edición privada y su segundo libro, el cual fue amplia­mente aclamado. Y Eliot, de otra manera, podía cuidado­sa­mente conservar su energía, esperando meses o años entre la escritura de poemas que fue­ran perfecta­mente logra­dos. En contraste, para el profesor de escritura creativa la presión por “publicar o perecer” podría ser fatal. El mismo trabajo en la universidad que libera a un poeta joven de sus preo­cupa­ciones económi­cas puede agregar también una irresistible presión para escribir demasiado demasiado pronto. Por supuesto, los poetas dentro de la Academia pueden sobrevivir a estas presiones, pero no es fácil, dadas las demandas que exigen el tenure (o contrato de planta), la promoción académica y el prestigio profesional.

Podrían haber incluso ventajas en no estar en sociedad con otros escritores. Uno podría perderse el gusto de conversar con los profesionales o la confianza y la complicidad de aquellos cuyos nombres uno encuentra en los artículos y editoriales, pero al mismo tiempo uno podría evitar desperdiciar ideas en las conversa­ciones. Hablar es más fácil que escribir, y mucho más gratificante. Más de un poeta ha vaciado su genio en conversa­ciones a expen­sas de su propia poesía. Una persona que trabaja en negocios tampoco está constante­mente asediada por la última tendencia política o artística. El sentido que un poeta tiene de su propia dirección podría agudizarse mejor si no está forzado a defenderla o discutirla todos los días en un café o en una sala de cla­ses. Vean cómo Stevens siguió firme­mente el curso independiente de su imagina­ción durante los frenéti­cos años treinta. ¿Habría sido él capaz de mantener sus extravagante integridad si no hubiese estado trabajando en la oficina de seguros de Hartford? Eliot, Ammons, Bronk y Dickey exhiben la misma testaruda independencia al momento de mantenerse fieles a sus propias sensibilidades. Cualquiera que hayan sido sus defectos, estos poetas son clara­mente escritores que se han llegado a una clara y poderosa individualidad.

Eliot vio una ventaja adicional en estar constante­mente ocupado con otra carrera. Se mantenía alejado de escribir poemas innecesa­rios. Eliot des­aprobaba a los poetas que escribían cuando no tenían nada nuevo que decir. Tampoco creía que fuese necesa­rio forzarse a escribir porque los poemas real­mente importantes tarde o temprano termina­rían por escribirse ellos mismos. Cuando George Seferis, el poeta griego, visitó a Eliot en Londres, se quejó que sus deberes como diplomático no le deja­ban tiempo para escribir. Eliot lo reprendió diciéndole que eso era de hecho una bendición y que sus poemas serían mejores si espe­ra­ban. El inconsciente, le dijo a Seferis, está trabajando todo el tiempo.

Como es usual, Eliot tenía razón. Para algunos poetas, al menos, el silencio prolongado es esencial para el crecimiento creativo. Los ejemplos clási­cos son Rilke y Valéry, para quienes fueron necesa­rios muchos años de silencio poético antes de escribir sus grandes obras maestras. Sus casos son extre­mos, pero se ha probado que para muchos escritores silencios de una dura­ción más modesta han sido de hecho necesa­rios, especial­mente en los momentos críti­cos de sus carre­ras. Pocos poetas como Hardy o Lawrence son capaces de escribir continua­mente durante toda la vida. Para muchos poetas, inclusos para los más grandes, escribir es agota­dor. Un poeta competente puede normal­mente llegar escribir algunos buenos versos en cualquier momento, pero un poeta serio en un momento crucial de su desa­rrollo artístico podría dudar en seguir escribiendo. Su estilo podría ya no seguir siendo auténtico o apropiado y una nueva forma de expresión que responda a sus particula­res necesidades podría ser todavía imposible de encontrar.

Cómo los poetas llegan a sobrepasar estos desa­fíos en la vida es un estudio intere­sante. Stevens, cuya confianza fue destrozada después del debut sin mayores incidentes de su libro Harmonium, dejó de escribir por años y se dedicó al trabajo en su oficina y a la lectura privada. Eliot, por otro lado, abandonó la poesía en la cúspide de su carrera después de la triunfante recepción de Four Quarters, volcando toda su atención completa­mente a su trabajo como dramaturgo. Muchos poetas, sin embargo, sometidos a transiciones menos dramáti­cas, también demuestran el valor para permanecer meses o incluso años de duda hasta que vuelven a escribir el siguiente poema. Como Rilke, ellos no escribirán cuando no tengan nada que decir. Deja­rán madurar su trabajo lenta­mente en el fondo de la cabeza o le darán forma a través de innume­ra­bles borra­dores y correcciones. Para estos poetas es esencial no forzarse ellos mismos a escribir demasiado o demasiar rápida­mente.

Los negocios son un refugio bastante útil para escritores cuya personalidad es introspectiva porque este tipo de trabajos los mantiene lo suficiente­mente ocupa­dos como para alejar la culpa y el autocuestionamiento cuando no son capaces de escribir. Para otros poetas, hacer cla­ses o trabajar como traductores cumple con este mismo objetivo terapéutico, pero estas tareas podrían estar demasiado cerca de la escritura como para ofrecer satisfacción a cualquier clase de escritor. Para poetas/hombres de negocios como Stevens y Eliot, el ritmo seguro de la vida de oficina les proporcionaba una sensa­ción de seguridad y alivio. Al mismo tiempo, tales regula­ciones habrían sido insoportables para poetas tan extrovertidos como Pound y Auden. Para algunos de sus más priva­dos contemporáneos obvia­mente esta fórmula funcionó. La prueba es son los poemas que escribieron.

Los negocios también protegieron a estos poetas de otros peligros. De alguna manera, es difícil precisar esto. Este tipo de trabajos los protegió de los riesgos de la escritura poética. Cualquiera que sean las razones, la profesión de poeta en América es peligrosa. Quizás porque es tan jodida­mente difícil lograr resulta­dos significativos. Algunos poetas se han literal­mente matado por la fama, se han destruido lenta­mente en público ante un público des­agradable y complaciente. Suicidio, alcoholismo, adicción a las drogas, pobreza y locura son los compañe­ros de viaje más frecuentes de la poesía en este país, como la biografía de los poetas trágica­mente lo demuestra. Este ensayo no es el lugar para discutir por qué esto ocurre así, pero la vida de Vachel Lindsay, Hart Crane, H. D., Delmore Schwartz, John Berryman, Weldon Kees, Robert Lowell, Winfield Townley Scott, Sylvia Plath, y Anne Sexton demuestran que así ocurre en América. Ni siquiera esta tendencia auto‐destructiva es nueva. Baudelaire lo notó clara­mente en la vida de Edgar Allan Poe y se puede observan quizás no tan abierta­mente en la vida de Robert Frost, Conrad Aiken, Randall Jarrell, Elizabeth Bis­hop, y Theodore Roethke.

De alguna manera, trabajar en negocios le dio a estos poetas que aquí hemos discutido una perspectiva más sana de sus carre­ras como escritores. Les proporcionó otros logros que los ayuda­ron a aliviar la recurrente sensa­ción de frustra­ción y fracaso que cualquier poeta experimenta a momentos. También los adiestró en la difícil virtud de la paciencia. Pero, lo más importante, trabajando en carre­ras que no tienen rela­ción alguna con la literatura les enseñó una lección que pocos escritores americanos aprenden¾que la poesía es sólo una parte de la vida, que hay más cosas importantes que escribir poesía. Esta es una afirma­ción obvia para cualquiera, pero no para un escritor por la sencilla razón que está dirigida a la vida y no al arte. Esta afirma­ción no tiene nada que ver con escribir poesía, y nunca le ayudará a un poema a hacerse famoso o perfeccionar sus escritura, pero entender esto lo ayudará a sobrevivir.

La afirma­ción de F. Scott Fitzgerals que dice: “No hay segundos actos en la vida de los americanos” es con frecuencia muy cierta en la vida de nuestros poetas. El joven Eliot sobrevivió a un matrimonio desastroso, a la agonía física y el deterioro mental de su esposa y a su propio colapso mental. El maduro Stevens se curó del fracaso público de Harmonium y del fracaso privado más amargo de su vida familiar. Aún así, ambos mantuvieron intactos el sentido de su propósito artístico y ambos siguieron escribiendo sus más ambicio­sos e influyentes trabajos poéti­cos porque poseían un sentido de sus propias vidas dura­mente ganado. Ellos no se definían a sí mismos como poetas sola­mente, sino que además reconocían otras ambiciones y otras responsabilidades¾incluso cuando el resultado de estas decisiones fueron doloro­sas y estuviera en desacuerdo con sus sueños litera­rios. Consciente­mente sacrifica­ron tiempo y energía en perjuicio de su propia poesía. Paradójica­mente esos compromisos los salva­ron como artistas. Rehusándose a simplificarse ellos mismos en la convencional imagen del poeta, afirma­ron su propia individualidad espiritual y la fricción diaria de sus trabajos terminó por endurecer su determina­ción. En última instancia, las decisiones que toma­ron los forzó a escoger entre abandonar la poesía o escribir sin ilusiones. Cualquiera que estudie la vida y la poesía de aquellos hombres que combina­ron sus carre­ras literarias con una carrera en los negocios encontrará en el centro de sus vidas un sentido dura­mente logrado de madurez y rea­lismo. Sus vidas podrían no proporcionar­les a otros poetas un ejemplo demasiado inspira­dor, pero sus carre­ras ofrecen importantes lecciones pragmáti­cas en lo que respecta a la sobrevivencia espiritual. En una sociedad que destruye o distrae a la mayoría de sus artistas, estos poetas encontra­ron un conjunto paradójico de medios para prosperar¾tanto como hombres como escritores. En la literatura americana eso no es un logro menor.

Publicado por primera vez en The Hudson Review, primavera 1983. El ensayo completo puede ser encontrado en Can Poetry Matter?: Essays on Poetry and American Culture , de Dana Gioia. (1992. Saint Paul, MN: Graywolf Press.)

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