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Raúl Ruiz de Chiloé a París. Por Francisco Véjar

De reciente aparición en nuestras libre­rías “Los Inespe­ra­dos” (Tajamar Editores) del poeta Francisco Véjar, es un viaje por la memoria cultural de nuestro país, en las cróni­cas sobre Germán Arestizabal, Antonio Avaria, Efraín Barquero, Rolando Cárdenas, Claudio Giaconi, Enrique Lafourcade, Pedro Lastra, Car­los Oliva­res, Nicanor Parra, Raúl Ruiz, Miguel Serrano, Jorge Teillier, Armando Uribe y Enrique Volpe.

Casual­mente me encuentro a Raúl Ruiz en Pedro de Valdivia con Providencia. Después del saludo de rigor, partimos al Lomit’s cercano. Yo pido una copa de vino blanco y él una garza. Me muestra un cuaderno de croquis, donde apunta poemas y notas para sus películas. Habla de una escena donde un párroco sube a un micro y se pasea por el pasillo, bendiciendo a los pasaje­ros, que en su totalidad dialogan por celular. Es un reflejo de Chile, me explica. Esto me trae a la memoria una anécdota contada por Patricio Manns. A principios de 1972, Ruiz le invitó a presenciar el rodaje de una película. Para sorpresa del cantautor, vio aparecer a Nelson Villagra a caballo y desnudo, con una garrafa de vino en sus manos, entrando al mar. Con esta secuencia simbolizo la revolución chilena, fue la justifica­ción de Raúl.

En el restaurante de Providencia le pregunto si es cierto lo que dice el poeta Armando Uribe, en cuanto a que escribía un soneto perfecto en menos de cinco minutos. Me contesta que sí. Queda un minuto en silencio, y recita de memoria un soneto de Guido Cavalcanti, en el italiano original.

Se le reconoce desde lejos; es alto y de paso cansino, macizo de contextura: un caballero de la vieja estirpe criolla. Cuando está en Chile suele caminar por Miguel Claro y Pedro de Valdivia. Va silencioso, pero en los bares prefiere departir un vino blanco con algún amigo. Es asiduo del restaurante El Parrón de Providencia. Le queda a pocas cuadras de su departamento, ubicado en la calle Huelén. Ya murió su padre, capitán de la marina mercante, a quien le dedicara su cinta Las tres coronas del marinero (1982). Ahora su madre también falleció. Por ella venía constante­mente a Chile; pero le gusta pasar inadvertido. Odia que se entere la prensa, sobre todo ahora, que es el des­aguadero de la farándula.

A Raúl Ruiz no se le puede separar de sus amigos escritores. Era estudiante de derecho en la Universidad de Chile, cuando Claudio Giaconi lo apadrinó para el montaje de una pieza en un acto, escrita a toda velocidad por Ruiz. Él mismo interpretó al protagonista, un escultor que una vez terminada su obra, la destruía. Ruiz no pasaba de los 18 años.

Antes lo había descubierto Poli Délano. En un restaurante santiaguino, Poli despachaba una cerveza en la barra, cuando vio entrar a un joven de abrigo, quien se sentó en una de las mesas y pidió un pollo asado y una botella de vino tinto. Rápida­mente despachó la comida y el licor. Luego se le acercó un garzón con la cuenta, mientras otro lo ayudaba a ponerse el capote y le introducía una botella en cada bolsillo. Poli preguntó por el nombre de tan singular personaje.

–Es Raúl Ruiz– respondieron al unísono los garzones.

Pero esta crónica, en realidad, se remonta a 1996, varios años antes de nuestro cruce fortuito.

Fue gracias al poeta Manuel Silva Acevedo que conocí a Ruiz en un plano más personal. Él es su amigo más fiel en Chile, se conocen desde que Ruiz estaba de novio con Valeria Sarmiento, también cineasta. Ruiz le habría decho a ella: Si te casas conmigo, seré declarado Hijo Ilustre  de Puerto Montt. Desde luego, Manuel asistió a la celebra­ción del joven matrimonio. Pero tuvieron que pasar bastantes años para que, en el verano de 1994, Ruiz fuera declarado Hijo Ilustre de la ciudad fluvial. La ceremonia oficial incluyó una retrospectiva de sus cine y los discursos de siempre.

Por azar yo estaba veraneando en Puerto Varas aquel año y un día me encontré con la noticia de que Raúl Ruiz sería nombrado Hijo Ilustre de Puerto Montt. Decidí asistir al ciclo de sus películas, pero al llegar al cine choqué contra sus puertas, hermética­mente cerra­das. Golpeé varias veces y nadie respondía. Era el último día de la muestra y, por eso, mi impaciencia me alte­raba el pulso. De pronto, vi venir al pintor Francisco Smythe por una arteria cercana y le conté mi dilema.

–Yo te voy a ayudar– dijo con aplomo, y nueva­mente llama­mos a la puerta, hasta que apareció el encargado de la sala.

Se disculpó diciendo que práctica­mente nadie iba a ver las películas de Ruiz, incluso una pareja de jóvenes habría salido moleta del auditorio, sin entender ni jota de lo que vieron en la pantalla.

-¿Está seguro de que quiere ver el rotativo?- insistió el empleado.

–Por supuesto– respondí molesto.

En fin, me despedí agradecido de Smythe y entré a ver lo que tanto que­ría. Recuerdo una escena del filme El ojo que miente, con Jhon Hurt. Aparecía un niño que desde una ventana observaba cómo un sujeto ascendía hacia el cielo, pero luego le arrojaba una cuerda para devolverlo a la tierra. Días más tarde estuve con Gonzalo Rojas en Valdivia y le conté lo ocurrido en Puerto Montt, a lo que contestó:

–Raúl si que es grande. Si le cuentas la anécdota le fascinará.

El lugar escogido por Silva Acevedo para presentarme al rea­liza­dor fue el antiguo restorán Lancelot de Providencia, en una cita que incluía a Enrique Volpe. En esa época ya había leído sus libros El transpatagónico y Poética del cine, y que­ría contra­atacarlo. Ruiz habló de Marcelo Mastroianni, Cat­herine Deneuve y de narrativa chilena, el tema predilecto de Volpe. Éste tenía el sueño de que su novela Responso para un bandolero –entonces iné­dita– fuera llevada al celuloide por Ruiz. El cineasta nunca mostró reticencia, pero tampoco mayor inte­rés. Se reía amisto­sa­mente de las costumbres de Volpe, quien escribía con una pistola encima del escritorio y en todo momento portaba un arma de fuego. Pero Ruiz fue el cnetro de la atención. Era genial. Hablaba de Kant y Pedro Vargas en un santiamén, por dar un ejemplo entre varios.

Ruiz había llegado a Santiago hacia fines de abril, justo después de la muerte de Jorge Teillier. La noticia le sorprendió en París; que­ría regalarle las Obras completas de Francis Jammes, ya que sabía de su devoción por el autor francés. De verdad sintió la pérdida, fueron amigos durante muchos años.

Por mi lado, descubrí sus películas en la filmoteca del Instituto Chileno Francés de Cultura. Eran cortometrajes desconocidos en Chile. Hablo de fines de los ’80. Algunos años después me uní a unos jóvenes que lo entrevista­ron en una dependencia especial de El Parrón. Había una gran mesa rodeada por sillas de estilo y encima de un blanco mantel lucían algunas botellas de vino tinto y comida. La conversa­ción fue filmada en dieciséis milímetros. Yo me mantuve en un segundo plano, algo cohibido. Fue como topar­nos en la calle, y de hecho él lo olvidó más tarde. ¿Qué será de esa cinta?¿Qué será de esos amigos?…

La reunión en el Lancelot me dejó gusto a poco, pero a Enrique Volpe se le ocurrió la excusa perfecta para volver a verlo: le pidió si podía darme una entrevista para el boletín de la Embajada de Italia. Unos días después, Ruiz me dijo por teléfono:

–Tiene que ser este jueves, pasa­das las seis de la tarde– y yo acepté gustoso.

Luego le conté que ese día iba a visitar la exposición de imágenes de Jorge Teillier, montada en el Salón de Honor de la Universidad de Chile, y él respondió:

–En ese caso voy por ti a las 18:45 horas y aprovecho de ver las fotos.

Creí que no llega­ría. Pero fue puntual. Nos fuimos al bar Indianápolis, a metros de la Casa Central de la Universidad de Chile. Es un lugar de tránsito al que concurren personas de diversos mundos, con una barra y mesas a los costa­dos, junto a los espejos de rigor. Tiene el aspecto de un MacDonald, si en ellos se vendie­ran bebidas alcohóli­cas. Halla­mos una mesa vacía en el centro del local. Llegó la garzona y Ruiz pidió un vaso de whisky. Ella le preguntó:

-¿De qué marca lo va a querer?

A lo que repuso, elevando la voz:

-¡Un Chivas Regal en homenaje a Salva­dor Allende Goznes!

Criollos en París

Desde la adolescencia fui cinéfilo. Siempre que había una retrospectiva de la Nueva Ola del cine francés, no me la perdía. Y para qué hablar de las películas de culto chilenas: por entonces, Valparaíso mi amor (1969), de Aldo Francia, o El chacal de Nahueltoro (1969), de Miguel Littin. Estoy hablando de cuando el apagón cultural era más denso que el smog del presente. Años más tarde, luego de ver en el cine la película de Ruiz Tres tris­tes tigres (1968) –filme dedicado a Joaquín Edwards Bello, Nicanor Parra y al glorioso Club Deportivo Colo Colo‐, conocí a Germán Arestizábal, dibujante de lo onírico y amigo del cineasta. Por él me enteré de las anécdotas que vivieron juntos en París. Decía que le llamaba a cualquier hora y lo hacía actuar en sus largometrajes, como el papel secunda­rio que representó en Diálogo de exila­dos (1974). En una pausa del rodaje, Germán entabló una conversa­ción con un marroquí, quien le preguntaba en francés:

-¿Eres de Chipré?

–No, de más lejos– le contestó, mientras bebía constante­mente vino tinto chileno de la propia botella.

Lo divertido fue que el marroquí no aceptó vino mientras filma­ban. Pero una vez terminado el trabajo, ya fuera del set, le pidió la botella y vacío más de la mitad de un solo trago, aunque venía de su país donde el alcohol es visto como una herejía.

En esa época Germán estaba casado con una salvadoreña Ana María Dueñas, y ambos compartieron largas vela­das en París con Ruiz y Valeria Sarmiento. La ciudad era una fiesta y un respiro, donde se platicaba sin prisa. Allá se encontra­ron con el mítico poeta Eduardo Molina Ventura, quien decía haber tenido encuentros secretos con Nadja, la misma que describiera André Bretón en su famosa novela homónima. Final­mente, le bautiza­ron como Le Petit Hemingway. Molina se sintió distinguido y pidió que lo invita­ran al Café Flore para celebrar.

Los mendigos de la literatura

Por entonces Ruiz ya había filmado La voca­ción suspendida (1977), basada en una novela de Pierre Klossowski, con quien fue amigo. Y La hipótesis de un cuadro robado (1978), inspirada también en una idea de Klosswski. Su inte­rés me lo explicó mientras bebía aquel vaso de Chivas Regal:

Las historias de Pierre me recorda­ban querellas políti­cas; era una manera de referirme a ellas sin hacerme problemas.

Y luego guardó un silencio como de duelo.

Su influencia principal son los libros. Él mismo es un escritor y, por tanto, más que en cualquier otro cineasta latinoamericano, en su trabajo se produce la fusión entre el cine y la literatura. Como tanto lo quiso hacer el novelista Francis Scout Fitzgerald, en su frustrada época de Hollywood; o como lo planteó abierta­mente el estadounidense Gore Vidal, para quien el verdadero arte en los filmes es obra de los guionistas.

Desde nuestro rincón sombreado en el bar Indianápolis, Ruiz puntualizó:

A estas alturas puedo afirmar que nunca dejé de escribir. Empecé con poemas a los siete años de edad. He seguido componiendo teatro y por un tiempo me dio por escribir novelas. Armé una historia que sigo hasta el día de hoy, pero que será póstuma. En la mayoría de las películas que hago, primero escribo una novela que después adapto; en otras escribo un libro de poemas. En el caso de La ciudad de los piratas, lo hice; también en Las tres coronas del marinero escribí una serie de poemas. Los poemas tienen una función práctica en el cine, que es la de ligar más libre­mente las imágenes, para provocar asocia­ciones que no tengan funciones exclusiva­mente narrativas; diga­mos, para crear una tensión poética en escenas que no tendrían por qué tener esa tensión, y que se le agrga con esta especie de presupuesto teórico que es el poema.

A comienzos de los ’80, en París, solía ani­mar las reuniones de amigos leyendo sus sonetos, rea­liza­dos con un apego estricto a las formas clási­cas. Final­mente los publicó cuando filmaba El techo de la ballena (1981), donde rinde tributo a Herman Melvilla, entre otros autores. El océano también posee poética y Ruiz la supo capturar. Dicha sensibilidad se la transmitió su padre, capitán de marina, cuando niño. No en vano su progenitor y un grupo de sus amigos lo apoya­ron económica­mente para que produjera su primera cinta. La recompensa del viejo fue ver, acompañado por su hijo, Las tres coronas del marinero. Con nostalgia, Ruiz elucubró acerca de esta cinta:

¿Quién era un capitán de buque antes? Era alguien que sabía, como decían los viejos marinos, mirar la cara del océano y así enterarse si estaba de mal genio. No necesitaba de radar ni satélite. A ellos los quise homenajear. Ahora todo está decidido por comités y computadoras y el capitán no tiene nada que hacer. Es un burócrata más: el inspector que cobra los boletos de los trenes.

Tomó un largo sorbo tras la remembranza. Con el paso de las horas, el Indianápolis empezó a recibir nuevos visitantes: artesanos, prostitutas, obre­ros y gente de paso. El ambiente se tornó espeso. En la barra vi bebedores fuertes, con otros códigos de conducta. Me di cuenta de que no debía mirar hacia las otras mesas, si no que­ría tener problemas. Entre las luces, recién encendidas, de la Avenida Liberta­dor Bernardo O’Higgins, apenas divisaba la estatua de Andrés Bello.

Ruiz prosiguió como si nada, ensimismado:

Todo lo que escribo en francés posee algo de pastiche, de parodia, y es un poco en broma. En castellano son derecha­mente bromas, aunque de otra manera. Sin embargo, al ver las dificultades económi­cas de mis amigos escritores, poetas sobre todo, decidí buscar otra forma de ganarme la vida, y fue haciendo películas. Era un modo de sustituir las letras, sin perder mi capacidad creativa. Un mendigo o marginal del cine está en mejor situa­ción, diga­mos, que un Premio Nacional de Literatura.

Pedí otra ronda mientras le escuchaba hablar de China. Decía que ese país le provocaba una añoranza especial, más aún, sería el único en el cual se sentiría en su casa. Lo encuentra parecido a Chiloé.

Yo no tengo una cara particular­mente oriental, pero en ese país me reconocen como chino. ¡Hasta me preguntan direcciones!

Mi desconcierto era mayúsculo, porque en verdad le había preguntado cómo veía el Chile actual. Pero a Ruiz le encantan los laberintos, embromar a sus especta­dores y convertirse a sí mismo en un mito. No me dio tiempo para recuperarme, cuando de nuevo contra­atacaba:

El país ya no es el mismo que conocí. Hay un aire de caducidad psíquica que corroe a Chile de punta a punta. La realidad nacional pareciera amortajar a su gente. Y continúan falleciendo muchas personas. El otro día un amigo me decía que desde hace algún tiempo es necesa­rio consagrarse a los funerales por entero. Esta mañana me dijo otro amigo: Acá me lo he pasado de un estreno a un funeral, y de un funeral a un estreno. Es cierto, el país está haciendo el duelo de la dictadura a través de sus muertos. No se debe a que hayan más fallecidos, sino a que los funerales adquirieron un valor teatral restado a la vida. Antes la teatralidad chilena estaba en la Plaza de Armas, en la Quinta Normal, en las manifesta­ciones políti­cas, en los discurso de los políti­cos. Ahora éstos parecen muñecos a cuerda. Yo creo que deja­ron el cuerpo y están viviendo en Europa.

Ya casi no hay bares, pero en los tiempos en que yo estaba en Chile, sobre todo en la época de Il Bosco, había más gente inteligente en los bares que en las universidades, practicando un espíritu universal para examinar todas las disciplinas. Algo inexistente en las universidades chilenas. En mis pocas incursiones en ellas, lo único que percibí fue esa extraña convicción del Chile gris y profundo en que nada es auténtico si no es aburrido. Desde la perspectiva universitaria, el aburrimiento es la condición verdadera.

La última vez que conversa­mos le regalé la reedición de Chicago chico, de Armando Méndez Carrasco. Me contó que se había inspirado en el libro Algunos, de José Santos González Vera, para rea­lizar la cinta Días de campo, la cual gira en torno a Federico Gana, escritor chileno de las prime­ras déca­das del siglo XX. Allí actua­ron Poli Délano, Manuel Silva Acevedo, Bélgica Castro, Marcial Edwards… Los diálogos de bar del filme, me recorda­ron la propia vida del cineasta y de su padre.

A Ruiz los galos ya no le dicen Raúl, sino Raoul. Pero no por eso se afrancesó su arte, que sigue tan chileno como en su juventud. Recuerdo cuando Jorge Teillier, luego de ver La hipótesis de un cuadro robado (1978), me dijo Raúl es el mejor pistolero del Far West chileno, y no puede ser ni pesar menos que Orson Welles.

Tras despedirme de Ruiz recordé a mi padre y a otros viejos románti­cos. Ahora la mediocridad es tan grande y todo está previsto… ¿No es cierto, Raúl?

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