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Rodrigo Lira rodeado de libros. Por Antonio de la Fuente*

Quien lea o relea a Rodrigo Lira (Santiago de Chile, 1949 – 1981) verá asomar en una tela de fondo, cita­das o sobre­entendidas, sus lecturas. La primera cita en el primer texto del primer libro (póstumo) de Lira (Angustioso caso de solte­ría en Proyecto de Obras completas) es un cuarteto del canto primero de La Araucana. No podía ser de otra manera. Lira era cosmopolita pero estaba enraizado en Chile y el primer verso que cita es del primer poeta de Chile. La segunda cita es de Nicanor Parra. Todo está en su lugar, como se ve. Ercilla, Parra, en ese orden. Lira conocía la obra de Parra al dedillo y la tenía en gran estima, tanto así que nunca procuró imitarla. Siguen las citas: Enrique Lihn, Pedro de Valdivia. Con qué orden y concierto se van alternando los próceres. Luego viene un grupo de poetas jóvenes; conviene no nombrar­los para que no se enojen. Así, hasta llegar a Cervantes: ‘Estaba Teresa Panza hilando un copo de estopa’.

Los libros que le intere­sa­ban Lira los abordaba como un carpintero entra en su taller, con lápiz en la oreja y martillo en la mano, o como jornalero o jardinero, con pala y picota. Roberto Merino tiene una edición de la Anto­logía de la poesía chilena contemporánea, de Alfonso Calderón, completa­mente descuajaringada y ano­tada por Lira. Es el caso, también, de La Orquesta de cris­tal, de Enrique Lihn, historia que cuenta el propio Lihn en el pró­logo del Proyecto: ‘Una tarde llegó (Lira) con una sorpresa: su ejemplar de mi novela La Orquesta de cris­tal corregida, más bien reeditada por él. Para operar con mayor comodidad había des­encuadernado La Orquesta, haciéndole poner un lomo de espiral de plástico; así le sumó páginas en blanco que se inunda­ron de las enmiendas, inserciones o elimina­ciones y sustituciones, a que había sometido mi novela, a partir de un solvente trabajo de editor’. Tomando en cuenta la famosa y ya algo manida distinción entre lectores macho y hembra que estableció Cortázar en Rayuela, Lira ope­raba en una categoría por encima, la de lector‐reeditor que ‘entra a picar’, como quien dice.

Durante los años en que escribimos a dos manos (o a tres, con Roberto Merino) varia­dos textos, como la Topo­logía del pobre topo, El mercado de las libres ocurrencias y San Diego ante nosotros, intercambia­mos con Lira numero­sos libros que leí­mos y mal­trata­mos. Sólo conservo, sin embargo, dos libros suyos, El pensamiento salvaje, de Lévi‐Strauss, y un libro de tipografía. Le pido a Roberto Merino que eche mano a sus propios recuerdos y estos son sus apuntes: ‘Recuerdo que Lira leía –o había leído mucho– a Gurdjieff. Le gustaba Kurt Vonegut. Leía también a los narra­dores chilenos: a Donoso y Edwards, particular­mente, pero creo que también a Cristián Huneeus. Me pidió prestado En los des­órdenes de junio, de Adolfo Couve, El juguete rabioso, de Roberto Arlt, y Diez, de Juan Emar, que yo encontré en mi casa. Juan Rafael Allende, En la luna, de Huidobro. Había otras lecturas más raras, con las que nos reí­mos mucho: Chile entre dos Alessandri, de Arturo Olavarría Bravo”.

Añado, por mi parte, que Lira conocía a fondo a Borges, la poesía beatnik (Corso, Ferlingheti, Snyder), Alan Watts, Jung. Y a Freud: Un jovencísimo Lira impuso esta contraseña entre los estudiantes que se toma­ron la casa central de la Universidad Católica en agosto de 1967: ¿Cómo son los niños?, pregunta­ban los que guarda­ban la puerta. Perversos y polimorfos, respondían los que llega­ban.

Lira fue un lector infatigable y ecléctico. No en vano estudió psico­logía, comunica­ción, arte y lingüística. Era también un buen conocedor de botánica, curioso de las lecciones de cosas, como se llamaba a las ciencias naturales en nuestra ya remota infancia. (En alguna paquete­ría provinciana quedará algún ejemplar de esos cuadernos de ciencias, linea­dos sólo en la parte baja de la hoja).

Y si Lira leyó muchos libros, si fue un lector‐editor, lo que produjo no fueron libros, sino cuadernos, cartapacios. Dudoso de que el libro fuera el formato apropiado para sus textos salidos de madre, se convirtió en un artesano de la auto‐edición, en un pionero de la fotocopia analógica (y, como se sabe, la fotocopia mata al libro). El librito de tipografía de Mauricio Amster fue su Manual de los Cortapalos. Tal vez fuese Lira el último cortapalos, excesivo, disonante, extemporáneo, aquél que se destinara a no dejar palo con cabeza en el bosquecillo nativo y a hacer de todo ese ramaje pasta para papel.

En vida fue un fenómeno en varios sentidos, pero no un fenómeno editorial. Veintiséis años después de su muerte, hay un par de libros suyos disponibles, el primero de los cuales ha sido varias veces reeditado. Y, según los motores de búsqueda, las páginas con su nombre en la red se cuentan por miles. Sabe­mos que no hay tierra para la poesía, como advirtió Enrique Lihn. Por eso mismo, admira cuando alguien nos pregunta por Lira y espera la respuesta como en si en ella cupiese mucho más de lo que consigo decir.

*Aparecido en Hermano Cerdo, Abril, 2008.

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