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ZURITA CONTRA EL CIELO ESTRELLADO DE LA POESIA CHILENA Por Sergio Ojeda y Octavio Gallardo (*)

Luego de la batahola que provocó la publica­ción de su último libro, Zurita recibió los dispa­ros que acostumbra: flechas que no apuntan en exclusiva a su obra, sino también a sus acciones culturales y políti­cas, porque surgen fundamental­mente de la crítica cultural o la farándula literaria, pero sea o no maní para el público que goza o fundamentos para crear una ética del poeta o el escritor, Raúl Zurita se queda en el reverso, como si quisiera hacer precisa­mente lo contra­rio. Solo y errante insiste en rayar los paisajes, trata con la política y apoya indiscriminada­mente las voluntades jóvenes de la poesía. Y más aun, insiste — el majadero — y publica un libro “que pretende sólo el escándalo para volver a las tablas” o “quiere copiar los libros vociferantes y panfleta­rios de los grandes, como Nixonicidio de Neruda” y más, hay más desde donde se aúnan los que dispa­ran. Sin embargo, y sea cual sea la misión profunda que Zurita le haya otorgado a esa explora­ción que llamó Los países muertos , lo cierto es que sacude su propia trayectoria literaria e incluso intenta des­hacerse de esa “fórmula estética” que lo caracteriza; quiere decir que está vivito y coleando, pese al rumor que lo da por enfermo y desahuciado. Zurita no quiere morir, o más bien, muere en la suya, porque su obra lo sustenta y un “Nacional” lo corona, aun en medio del bullicio que provoca. Por eso, quizás, aprovecha el vuelo y las emprende contra el mundo, en todas las tribunas, incluso en show de T.V. que recibe con manos abiertas al nuevo anti sistema. Lo mismo en esta entrevista; hace gala del arrebato que lo mueve y enjuicia a nuestros clási­cos, el rebaño de las intocables vacas sagra­das de que él mismo forma parte según algunos y muchos. ¿Qué dijeron Teillier, Rojas, Lihn, Uribe? ¡Nada, sólo emociones priva­das! Todo a propósito de describir su impronta poética desde el colectivo, los demás no registran el quiebre, dice, son autistas. Lo demás es nombrar lo innombrable, intentar decir el dolor o el amor sin poder decirlo, nunca, como un niño que intenta alcanzar con brincos diminutos, al sol y las estrellas.

-¿Podrías decir que en Purgatorio busca­bas nombrar lo innombrable?
–Creo que toda poesía es un intento fallido por nombrar lo innombrable. Es como una guagua cuando nace: si no chilla se muere, el chillido es su decisión de participar del lenguaje, por lo tanto de participar del mundo. Mi chillido fue Purgatorio , eso fue quemarme la cara.

-¿Eso quiere decir que la palabra puede dar cuenta de la realidad?
–Pienso que cualquier persona que haya tenido una experiencia radical de dolor o sufrimiento, sabe que hay algunas cosas que jamás van a acceder a las palabras. El que sufre está expulsado del mundo, el tema es que cuando puedes decir: sufro, en ese momento empiezas a incorporarte al mundo. Pero la palabra dolor no alcanza a llegar ni siquiera al umbral de la palabra dolor.

-¿Y cómo podría­mos nombrar el dolor?
–Eso es el infierno de toda literatura, de toda poesía, ese dolor que ni siquiera alcanza a nombrarse como dolor.

–Entonces, ¿qué es la poesía?
–No lo sé, pero la poesía tiene que ver más con el ahogo de lo que no se alcanza a decir que con lo que se dice, como esa experiencia radical de amor en que tú te quedas abrazado, pegado, fundido con el otro y esto excede a todo, incluso a lo sexual pero que no se puede expresar con palabras. Habla­mos porque esta­mos separa­dos. El lenguaje es lo que cubre la separa­ción de los seres humanos. Entonces la poesía es el intento más vasto, y tal vez, más desespe­rado por decir con palabras de este mundo cosas que ya están fuera de las palabras. Esa experiencia extrema del dolor o esa experiencia casi absoluta del amor, eso no le pertenece al lenguaje, está fuera del lenguaje.

-¿Y qué pasa con el poeta?
–El poeta está en una lucha casi física contra el muro del silencio. El poeta está luchando por arrebatarle todavía una palabra a la pared del silencio, esa lucha es un intento desespe­rado por decir con palabras, lo que ya no está en las palabras.

-¿Tú escribes por aquello que te duele?
–No sé, puede ser por alegría, por dolor o por nada. Además en poesía, no tengo certeza del por qué se escribe, por qué de pronto alguien se pone a hablar en un lenguaje que no es el habitual. Que no es el que se usa cuando uno toma la micro o el metro. Los griegos tenían la respuesta de las musas, eso ahora nos da un poco de risa, sin embargo es una respuesta que no ha sido supe­rada todavía. Yo cada vez descreo más de la idea de autor. Creo que cada vez nos vamos pareciendo más a Homero, que es una palabra o una idea, como Neruda, como Parra. Todos los autores debie­ran pagarle derecho de autor al “mar del habla”, porque en ese mar surge algo, que es Platón, a veces es Joyce o Shakespeare, pero que en realidad son pequeñas fulgura­ciones del mar general. A mí me gustó mucho la traducción de Parra del Rey Lear , donde no figura el nombre de Shakespeare, porque precisa­mente cuestiona la idea de la propiedad de algo.

–Entonces, ¿qué diferencia a un poeta de otro?
–Voy a dar un ejemplo, hay tipos de saxos distintos, cuando se soplan no hay dos sonidos iguales, porque el aire al pasar por un saxo, pasa por diver­sas rugosidades que no tiene el otro. Eso es lo que hace la diferencia entre una poesía y otra, pasa por un cuerpo, pasa por vísce­ras distintas, por la experiencia, por los músculos, por las narices, por la boca de uno y no de otro, es probable que ese soplo sea el mismo, pero no lo sé.

-¿Hay un misterio en ese soplo?
–Yo no sé. Sé que los poemas están y tan absoluta­mente conmovedores. Es como si asistie­ras a algo que está a punto de suceder, pero que no sucede. Está a punto de decirse algo, pero que al final no se dice, pero está a punto aquello no dicho, aquello que no alcanzan los sonidos. La emoción poética sucede porque la palabra dolor no alcanza a la palabra dolor, el amor no cabe en la palabra amor. En el fondo la pregunta es el por qué de esta experiencia.

-¿Hay esperanza en la poesía de Raúl Zurita?
–Creo que sentimientos medianos producen una felicidad mediana. Pero si tú estás acorazado frente al dolor, también esta­rás acorazado frente a la felicidad. Entonces entiendo a la poesía como ese límite absoluto, que plantea la felicidad, su radicalidad, pero esa felicidad tendrá la misma medida del dolor que eres capaz de asumir.

–En ese sentido, tu poesía toma mucho de lo religioso, la aspira­ción a la felicidad, al paraíso…
–Eso sería muy parecido a un poema, pero es mucho más allá, está esa frase: “Padre, Padre, por qué me has abandonado”. Esa frase es tan impresionante, tan tremenda, porque absoluta­mente todos los seres humanos, desde el primer tipo que se separó del suelo hasta el que contemple el último atardecer; todos alguna vez en su vida dicen eso, se sienten absoluta­mente expulsa­dos de la tierra y abandona­dos por todo. No hay ningún ser humano que no pase por eso. La diferencia, entonces, entre la poesía y la religión es que para la religión es el hijo de Dios el que viene a decir esas palabras, para la poesía Dios nace de esas palabras. Si llegara a existir otro mundo, lo que no creo, pero si llegara a existir, ahí esta­rían graba­das esas palabras, porque esos poemas, esas fra­ses, esta­ban esperando que viniera alguien y las dijera.

–En poesía se habla de una poesía personal y una colectiva, de un yo a un todos ¿qué hay de cierto en eso?
–En general no me gusta esa división. Soy bastante refracta­rio a la poesía del yo, a esa especie de monó­logo del tipo que se solaza en su angustia personal, en su soledad, en su felicidad, en su esperanza o en su desencanto privado. Siempre me ha llamado la atención que si uno toma la poesía de autores, algunos bastante prestigio­sos, como Enrique Lihn, Jorge Teillier o Armando Uribe y llegara un marciano y preguntara si pasó algo en Chile y leyera sola­mente la poesía que escribieron, la respuesta sería que en Chile no pasó nunca nada, nada de nada; y no estoy hablando de literatura de denuncia sino de algo muchísimo más fuerte. Si uno lee a Teillier desde el primer poema al último en Chile jamás pasó nada, absoluta­mente nada, si lees a Lihn, aunque leas Paseo Ahumada que es un libro total­mente plano, en Chile no pasó nada. Es una poesía privatizada muy poco intere­sante, sin ferocidad, sin vuelo, y con Gonzalo Rojas pasa exacta­mente lo mismo, aunque tenga un poema a Miguel Enríquez. No registran el quiebre, son poetas ensimisma­dos, autistas.

-¿Quién esta­ría más cercano a ese registro?
–Parra, él registra el cambio permanente­mente, José Ángel Cuevas es poderosísimo por eso y en Maquieira está el registro de la violencia y, cómo no, en Gonzalo Millán, en La ciudad . En ellos se registra lo que pasó, insisto, no es la denuncia, es el trauma, es la constata­ción del quiebre. Si viene ese marciano y los lee ve que aquí sucedió algo y algo tan fuerte que cambió drástica­mente la vida. Por supuesto que creo en la experiencia individual, pero no en el ensimismamiento, no en el yo.

–Pero en definitiva, ¿eres un poeta religioso o político?
–Eso no me lo planteo, y precisa­mente si algo uno tiene que aprender leyendo el Antiguo Testamento o a Homero, a quienes vuelvo permanente­mente, es que existe una dimensión colectiva en el dolor. En Homero la primera palabra en La Iliada es cólera (Cólera canta oh diosa, del Pelida Aquiles…), ese es el primer poema de lo que llama Occidente, y cuando uno lee y ve esa palabra cólera y percibe que nunca se ha salido de ahí. Es más, creo que cuando uno escribe se suspende la vida, pero curio­sa­mente también se suspende la muerte. En el mismo instante en que tú estás escribiendo es el mismo instante en que está escribiendo Homero, Shakespeare, Isaías o Neruda. La poesía no existe sino es poesía contemporánea. Por eso no importa eso de que si es religioso o si es político, porque creo que todos escriben en el mismo instante, eso es lo que otros llaman las influencias. En definitiva todos son destellos de este mar u océano general del habla.

-¿Eso es lo que permite que la experiencia, por ejemplo, de los familia­res de los des­a­parecidos en Chile, sea tu experiencia personal del dolor, también?
–Creo que cuando se dice: “Nunca más”, lo que en realidad se está diciendo es lo irreversible de lo sucedido. Algo que no tiene compensa­ción, algo que le pertenece por siempre a la esfera de lo humano. Entonces el “Nunca más” es asumir que eso que sucedió no tiene ninguna, pero ninguna solución. Ese dolor ya fue hecho, tú cuando matas a alguien ya no puedes volver al segundo antes de hacerlo, ya lo hiciste. Siento, por tanto, que hay una política de la amnesia, pero que va más allá de las voluntades individuales. Existen ritos repara­dores, se escriben libros como INRI, actos que pretenden simbolizar el luto o el duelo, la mayor derrota de un libro como INRI o Canto a su amor des­a­parecido , es que fueron escritos, porque el gran poema sería que nunca hubie­ran sucedido las cosas que sucedieron y por lo tanto esos libros jamás se hubie­ran escrito. Por eso siento que la poesía es lo menos dulce que hay, es lo menos consola­dor que existe.

-¿Y cuál sería la finalidad de la poesía?
–La finalidad de la poesía sería el “Nunca Más”, pero si hubiera un “Nunca Más” sería tan alucinante, pero también significa­ría nunca más poemas, nunca más paliativos a nuestra infelicidad real, el fin de toda poesía o de todo poema es que algún día no exista ningún poema, porque eso significa­ría que la vida misma es un poema, la desnudez absoluta.

-¿Y qué viene ahora en tu obra?
–Estoy en un paso de La Vida Nueva a un asunto quizás más desolado. Un proyecto que se llama Zurita. Tu vida rompiéndose , que también es una remirada de La Vida Nueva , porque algo pasó, y decir un nombre es siempre nombrar una vida que irremediable­mente se va rompiendo. Tu vida, la que se quema, la vida es el soporte. No es el papel, es tu vida, los poemas no son sino la traducción de eso, porque tu vida está llena de cosas indecibles

(*) (Entrevista publicada en el Periódico Litera­rio Carajo, Número 8,
septiembre de 2006)

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